lunes, 14 de mayo de 2012

Nazareno y un sueño universitario


 “Bienvenido, pase”, le exclamó cordialmente  mientras la mano zurda de aquel seguridad le indicaba la entrada al lugar. Nazareno obedeció al pedido, mientras su cabeza creaba un tendal de conjeturas. “¿Dejarán entrar a un oyente desconocido a la mejor universidad de Sudamérica?”. Los hechos le demostraban que no había demasiada suspicacia ante su presencia. Su primera impresión fue la de un lugar austero. “Tal vez me equivoqué de dirección”, volvió a conjeturar Nazareno y una ola de sospechas le recorrió desde su cabeza hasta sus pies. Pero una cancha sumamente prolija se apareció ante sus ojos y una veintena de muchachos corriendo de acá para allá, dando pases y relevando, le dibujó una sonrisa tan inmensa como sus ganas de aprender. Estaba en el lugar indicado, donde el mayor de los valores es conocer lo que nunca se dijo: que en Sudamérica se puede jugar un fútbol de posesión, que ser intenso no es sinónimo de tener un juego trabado y que ser arriesgado no necesariamente significa estar en desventaja defensiva. Nazareno estaba en la Universidad de Chile.

La vocación de entrenador de fútbol siempre había sido un sueño para el joven Nazareno. Sin embargo, vaya a saber uno por qué, este chico no soñaba con ser cualquier entrenador. Había una única especie que lo cautivaba. “Para ser de los mediocres, mejor sigo el oficio de carpintero que me enseñó mi padre”, decía, sólido, como si su camino estuviera tallado de antemano. Nazareno quería tener un equipo que apueste al buen gusto, a la audacia de ir siempre al frente, de mantener la coherencia de la posesión en la cancha de su barrio o en cualquier otra cancha del planeta. Quería un equipo que certifique a sol y a sombra que el fútbol era un cúmulo de estética, una reivindicación al prodigioso acto de jugar. Así lo quería Nazareno y, si no, no quería nada.

Pero este joven no era uno de esos que prometen con enfrentarse a cuanto problema haga falta para cumplir su sueño. Era una persona muy analítica. Analizaba un centenar de veces cada acción que iba a emprender. Y por una colección de estudios minuciosos y rotundos, Nazareno había llegado a la conclusión de que un equipo suyo solamente podía jugar el fútbol que él pretendía si se desarrollaba en el continente europeo. Acá en Sudamérica no cabía lugar para su utopía sin sentido. Lo había examinado todo. El pasado esperanzador con algunos rasgos de su postura, pero sin una certeza bien definida. El presente nefasto y las conjeturas que podían llegar a acontecer en el futuro, teniendo en cuenta las divisiones inferiores. Nazareno prefería sacrificar su sueño, antes de marcharse a Europa. Porque era de esas personas patrióticas que no abandonaban su continente ni que la humanidad se lo pidiera de rodillas.

Nazareno prefirió continuar con el oficio de carpintero de su padre. Aunque nunca dejó el fútbol de lado, en su totalidad. Siempre algún que otro partido, de algún que otro equipo que le interesaba por su caprichosa manera de ser y de atacar. Hasta que un día alguien en el taller le habló de esta Universidad. Le dijo que eran extremadamente audaces, que demostraban en cada segundo que se posaban sobre el césped que amaban la tarea de atacar. Y transmitían, también, que amaban la tarea de jugar por jugar. Por puro placer. Le enumeró los logros, le contó del prestigio que fueron ganando cada uno de sus integrantes a pesar de ser humildes y desconocidos. Y, por último, le contó la mejor parte: estaban en Sudamérica.

Y si pierde, ¿qué? Y si pasa justo ahora que se insinúa como sólido candidato a ganar la Copa Libertadores, ¿qué problema hay? Ninguno. Porque la esencia seguirá siendo la misma. Y nadie le podrá reprochar nada a nadie. Porque nunca se defraudaron a ellos mismos. Y porque lograron las dos cosas más maravillosas sobre la faz de la tierra: como eran una Universidad, primero enseñaron algo nuevo y como  eran un equipo, después promovieron un sueño. Es el sueño de Nazareno de ser entrenador. Y está más vivo que nunca.

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