martes, 5 de junio de 2012

Aprendiendo con El Enano Franco


Sus ojos puros repletos de esperanza, su mano diestra embarrada y fría y su cara inocente y llena de marcas de vida habían enseñado tanto en tan poco.  Esos gestos y muchos otros gestos desnudan la esencia del Enano Franco. Esos 147 centímetros y esos 13 años de vida, abrigan los corazones de cualquier insensible que ande dando vueltas. De cualquier hincha del buen fútbol que se crea el apoderado moral para sentenciar que tal o cual resultado es o no es justo. El Enano Franco y otros 22 chicos de alrededor de su misma edad residen en el Hospital Psiquiátrico Tobar García. El Enano Franco y otros 22 chicos aguardan por la esperanza de una familia que los adopte y los reinserte en la vida real, de la que nunca formaron parte. Mientras tanto, sus alegrías están marcadas por la situación de sus equipos.

Hasta este domingo me creía con la potestad para reclamar que un resultado fuera justo o deje de serlo. Hasta este domingo estaba convencido de que había marcadores que beneficiarían a nuestro fútbol, y otros dejarían de hacerlo.

Cuando el relator radial hizo estallar sus cuerdas vocales luego del penal de Matías Caruzzo, un gesto de rechazo invadió mis venas. Lejos de ser opositor a una camiseta, mi malestar pasaba por las actitudes venideras. Por una sobrevaloración de un triunfo frente a Merlo, por penales. Por una ceguera contagiosa de exitismo hacia las falencias del juego. Por la famosa “triple corona” otorgada a un fútbol que identifica a unos pocos. Por el preconcepto erróneo de que “los colores ganan partidos”. Por la absurda manera de inmunizar los disparates con títulos.

“Boca es Boca”, dice el relator, haciendo referencia a un equipo que gana con el porte de su escudo. Ya se ha demostrado en cuantiosas ocasiones, que ni aquí ni en ningún lugar del planeta, sirve únicamente la precisa utilización de un nombre para lograr un éxito.

“Boca es Boca” repite, y ya no genera malestar adentro mío. Porque pueden haber 40 millones de personas habitando en los letargos prolongados que produce el exitismo. No importa. Porque la sonrisa del Enano Franco, cuando le conté del triunfo de Boca, valió mucho más que eso.

Esos 147 centímetros, de pies a cabeza, transmiten alegría. Alegría por un triunfo de sus colores. Alegría por la esperanza de volver a ver un partido de Boca. Feliz. Y tal vez en familia.

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