martes, 27 de septiembre de 2011

Mourinho, los motivos de un entrenador distinto

¿Por qué tanta diferencia entre unos y otros? ¿Por qué, con los mismos jugadores, algunos tienen éxito y otros fracasan? Rachas, inspiración, motivación, suerte, etcétera, etcétera. El fútbol da lugar a mil teorías, sin embargo ellos, los distintos, se aferran siempre a la misma. La denominan trabajo, aunque, si fuera tan sencillo, existiría un millar de entrenadores dispuestos a triunfar sacrificando su sudor. Se requiere un poco más que eso. Con José Mourinho como inspiración y con esa manía incansable por explorar más allá de lo habitual, cuatro jóvenes españoles escribieron el libro “Mourinho, ¿Por qué tantas victorias?”. Si bien la respuesta se presenta en unas 177 hojas, trataremos de argumentarla en unas cuantas líneas menos.

“Se juega como se entrena”, sentencia la primera página del atrapante tomo. Lógica pura. Los mejores equipos del mundo entrenan diferente al resto. Allí está la primera clave, los entrenadores distintos puede que trabajen un poco más que los demás, sin embargo, el secreto está en que trabajan distinto a los demás.

Es una escalera hacia la consolidación de un equipo. El primer paso, indudable, establecer un estilo de juego, saber de qué manera se pretende jugar. Claro, el primer escalón es fácil de superar. Ya lo hizo Sergio Batista asegurando que quería jugar como el Barcelona. Sin embargo, todos quedan allí, donde el discurso es protagonista y el hecho un mero espectador.

El segundo paso parece ser la fórmula que todos miran, pero que muy pocos son capaces de ver. Se trata de subordinar la metodología de entrenamiento a la forma de jugar que se pretende. Desde este escenario, queda más que claro que el entrenamiento nace desde el juego y para el juego, algo tan evidente como inexistente en la mayoría de los clubes. Allí está la diferencia de los grandes directores técnicos. Ellos no hacen nada porque sí. Es decir, no entrenan el uno versus uno si no quieren que en su modelo de juego se emplee ése recurso. Entonces, en la simpleza del método de entrenamiento se exhibe la complejidad de los mejores equipos.

“Hoy, en Argentina, no hay ningún equipo que amolde su manera de trabajar a su forma de jugar”, aseguró un ex delantero, próximamente técnico argentino. Teniendo claro ese concepto y observando el método de trabajo de los mejores entrenadores del mundo será difícil que fracase.

¿Por qué tantas victorias? Se cuestiona la tapa del libro que alude a José Mourinho. Después de una leída exhaustiva queda más que manifiesto: el portugués trabaja absolutamente todo lo que pretende hacer en el partido. Los jugadores del Real Madrid no van al gimnasio. La fuerza se "contextualiza" con una situación propia de un partido a diferencia de un trabajo en el gimnasio con press de piernas de 100 kilos. No hay pasadas, ni trabajos físicos sin pelota. Todos los ejercicios tienen un argumento en su modelo de juego y eso, a él y a otros pocos, los hace diferentes del resto.



lunes, 26 de septiembre de 2011

El fútbol y una discusión cotidiana

Eterno, como el deporte, el debate cruza los límites habituales. Los antagonismos se acrecientan a medida que el tiempo pasa. Los argumentos que para algunos se presentan como certeros, para otros son totalmente absurdos. Paridad y calidad. Para algunos funcionan como sinónimos, para otros no tienen vínculo alguno. Por eso es tan lindo el fútbol, porque te une y te desune en cuestión de minutos, porque te enfrenta con Dios y te asocia con el diablo, porque te abre la puerta y te dice analizá.

El fútbol argentino cambia todo el tiempo, como el viento. Los que ayer gozaban de los beneficios de buenos resultados hoy sufren, temerosos ante la tabla de abajo. Banfield, Argentinos Juniors y Estudiantes. Denominador común del ayer: campeones de los últimos tres años en el fútbol argentino. Denominador común del hoy: se codean en los tres últimos lugares del torneo argentino. “Eso es muy bueno”, garantiza un avezado periodista,  deduciendo que si el fútbol cambia hay paridad y, si hay paridad, hay calidad. 

Discutible. Si la paridad sería sinónimo de buen espectáculo, entonces, un 0 a 0 adormecedor, sería sinónimo de buen fútbol. La teoría dura lo que un estornudo, pero deja mil hectáreas de campo a la argumentación.

La cuestión está en confundir los atractivos. Un torneo puede ser fascinante por paridad o por juego, pero no funcionan como sinónimos. España y Argentina son claros ejemplos opuestos. Un torneo competitivo y, en muchos momentos, de poco nivel. El otro torneo tendencioso y con dos claros aspirantes al título, pero atrayente por donde se lo mire, por su nivel superlativo.

La Argentina se emociona, sufre y sonríe al unísono con las acciones en el verde césped. Promedios, copas o el título, todos, sin excepciones, siempre juegan por algo. La tabla se invierte como el globo terráqueo y nadie está exento de caer a lo más profundo. Por eso es tan apasionante. Por eso hay récords de audiencia y de concurrencia a los estadios. Por eso es uno de los mejores torneos del mundo. Por eso y no por el juego. Así como masividad no es sinónimo de prestigio, paridad no es sinónimo de buen juego. Hoy, mañana y siempre.

lunes, 19 de septiembre de 2011

La escuela que rebasa de carencias

Críticos de nuestro fútbol (me incluyo), paremos la pelota. Dejemos de criticar, por un rato, la estereotipada cultura cortoplacista y resultadista argentina. Tratemos de quitarnos los lentes y miremos por un segundo con binoculares.  Estamos  amoldados a un paradigma tan evidente como certero: los entrenadores duran poco por la manera de ser de los hinchas. Eso es una consecuencia y no la verdadera causa. Más allá de los jugadores, de los fanáticos, de los dirigentes y de los resultados, ¿Cómo se capacitan los entrenadores? Determinante para diferenciar nuestro juego del europeo. Crucial para entender los motivos de tanta negación.

Ni mejores ni peores, solamente diferentes. Está claro, en cualquier oficio de la vida, las personas que más se instruyan tendrán más herramientas a la hora de actuar.  En la Argentina, hace ya un tiempo prolongado, para poder ocupar el cargo de DT hay que hacer la carrera oficial de entrenador. Son dos años de curso. Básico. Posiblemente cualquier jugador se considere con más recursos para oficiar de técnico por su experiencia en un campo de juego que por estudiar esos 24 meses. En el primer año, se profundiza en los juveniles y en el segundo en cuestiones de equipos profesionales. Déficit absoluto, en todos los aspectos. Sin embargo, la mayor parte de los técnicos prefiere subirse al tren de la aventura -prueba y error- y no continuar con su proceso de aprendizaje.

“El fútbol no es una ciencia tan complicada. Hay que hacer más goles que el otro y punto”, aseguran algunos, esquivando cientos de factores. Coaching, liderazgo, cursos en el exterior, observar a los mejores, escucharlos. Hay millares de maneras de enriquecerse y crecer en el oficio, aunque algunos consideren al curso de entrenador en Argentina como la conclusión de su desarrollo como aprendiz.


Hace casi dos meses hubo una clínica de entrenadores en España, posiblemente la más importante del año. Disertaban Guardiola, Del Bosque y Villas Boas, entre los más populares. Sólo dos técnicos argentinos estuvieron presentes. Ninguno pertenecía a equipos afiliados a AFA. Es evidente, la gran mayoría prefiere la prueba y error. Posiblemente su paradigma no los deje darse cuenta de los desaciertos que se evitan.

“Sé que si pierdo cinco partidos consecutivos me echan en cualquier lado, acá y en el Barcelona”, manifestó un desconocido futuro entrenador, al que muchos conocen como un delantero recio. “Sin embargo, agotaré todos los recursos para dar el máximo en esos cinco partidos que tengo de margen”. Nada nuevo bajo el sol para quienes conocen a Facundo Sava. Por su apariencia, un delantero regular. Por su realidad, un infinito estudioso dispuesto a tomar otro camino. Nuevamente, ni mejor ni peor. Haberle dicho que no a media decena de propuestas de equipos argentinos para terminar de hacer sus cursos de liderazgo y psicología deportiva ya lo pinta como un distinto. Haberse ido a Europa a observar como era el método de trabajo de los mejores equipos del mundo lo perfila como un antagónico a lo habitual. Y, ocupar toda su carrera instruyéndose con inteligencia para lo que va a venir, lo decreta como un eminente.

El Porto en el mundo, Lanús en menor escala, hacen escuela de entrenadores que van escalando niveles hasta desembocar en primera división. Mourinho, Villas Boas, Domingo Paciencias.  Zubeldía y Schurrer, por ahora, de la cantera Granate.

Menos visible, pero no menos importante. Los directores técnicos, como los jugadores, también deben hacer escuela. Capacitarse. De la misma manera en la que alguna vez la mayoría de los argentinos pateó la pelota contra la pared para progresar y así llegar a primera. El técnico no debería ser sinónimo de ex jugador. Tampoco de experiencia. Pero lo es. Y hoy hablamos de cortoplacismo y exigimos resultados. Lejos estamos de exigir entrenadores capaces.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Un loco que lleva tiempo entender


Paciencia. El deporte más popular del mundo no para un segundo de exigir. Exige trabajo, exige buen juego. En realidad, no. Todo se vuelve secundario cuando el torbellino de los resultados deja saldo negativo. Allí, sin argumentos razonables que acompañen, la crítica pasa a ser la máxima protagonista.

Recio, Inexpugnable, loco. Su apodo bien lo indica, Marcelo Bielsa va contra toda la corriente: “Denle este mensaje a la gente, a los ignorantes díganle: el que pierde es un inútil porque así está planteado”. Que no se mal interprete, su argumento no intenta reprobar la valía que otorga un resultado positivo. Sólo pretende entender el juego, el trabajo y el marcador final como una realidad integral: “no veo por qué se deba jugar bien para perder. Son dos situaciones que no funcionan de manera autónoma”.

Un empate como local ante el Trabszonspor por el repechaje de la Europa League, un 1 a 1 frente al Rayo Vallecano en la primera presentación de la Liga y una caída frente al Espanyol, como visitante, impulsaron a las críticas desmedidas. Allí está Bielsa, intentando explicarle a los españoles un idioma que pocas veces escucharon en sus vidas. Tratando de que entiendan que para él, clasificarse sin jugar (como le pasó en la Europa League), es una decepción y no una alegría.

Sus ideales se bambolean ante la difícil realidad de interactuar con quienes no lo conocen. Allí reside un problema fundamental: su personalidad, su método y su estilo llevan tiempo de asimilar. En Newell’s, por más que lo conocían de las divisiones inferiores, comenzó en la Copa Libertadores con un 0-6 ante San Lorenzo, en el mismo torneo que culminó en la final perdiendo por penales frente al San Pablo.  En Vélez, con la reticencia de referentes como José Luís Chilavert, que comenzó con engorrosas disputas y terminó con Vélez campeón y un loco (Chilavert) muy amigo de otro loco (Bielsa). En la Selección Argentina estuvo plagado de resistencias, inclusive la del titular de la AFA Julio Grondona, quien después terminaría avalando su trabajo y pidiéndole que continuara.

Mientras tanto, mientras sus ideas flamean ante el recelo de millares de fanáticos, Bielsa trabaja. Los resultados por ahora no acompañan, era una posibilidad. También era predecible el rechazo de mucha gente y de la mayor parte de la prensa local. Son algunas de las escasas realidades sobre las cuales no tiene ningún tipo de influencia.

Alguna vez un hincha argentino le dedicó en una bandera una frase más que elocuente: “Un hombre con ideas nuevas es un loco hasta que sus ideas triunfan”. Alguna vez, en Sudamérica, sus ideas fueron nuevas. En Europa deberá pasar por el mismo proceso. Hoy son nuevas, mañana seguramente triunfarán. Paciencia.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La misma disputa de siempre, con un final diferente



Partido eterno. Ganan ellos, los poderosos, hace ya unos cuantos años. Tienen bien clara su identidad: “ganar como sea”. Apretadas, conveniencias, muertes, todo sirve si al final de la jornada vuelven a salir victoriosos, como siempre. Del otro lado, está el fútbol, en este caso, habitué de las derrotas. Sin embargo, a veces la vida se apiada de los menos poderosos y le concede esa victoria que vale más que las mil decepciones.

Pasa el tiempo y las barras bravas continúan en la primera plana del diario deportivo. Le ganan al juego por goleada. Lo vencen y lo dejan debilitado. Porque esto lo perjudica. Esa mano negra de la que todos hablan pero muy pocos conocen su nombre y apellido, tiene total influencia dentro de la cancha. Influye en los entrenadores, los que siguen y los que se van. Influyen las presiones hacia los jugadores, siempre, sin excepciones, carente de toda lógica. Y también influye en la esencia del juego, que a veces renuncia a sus ideales y demuestra incongruencias graves que, siempre, benefician a quien tiene más poder.  

Ayer, el partido continuó en cancha de Independiente. El fútbol parecía volver a ser vapuleado por un conjunto de enérgicos muchachos escasos de ética. Como la semana pasada, el mes pasado y el año pasado, otra vez ellos como máximos protagonistas. Otra vez el  juego en un relegado segundo plano y sufriendo, claramente, serios deterioros. Pero no.

Ayer el estadio de Avellaneda fue escenario de una tradicional trama de película de acción: cuando “el bueno” parece acabado, se presente un segundo súper héroe dispuesto a luchar hasta el final por una causa honesta. Hace poco un reconocido entrenador recién iniciado garantizó: “la revolución empieza por el hincha común”. Le hicieron caso. Ése súper héroe anónimo es el verdadero hincha. El que no tiene conveniencias. El que se enoja cuando no se siente identificado con su equipo o cuando sus dirigentes perjudican a sus colores.

Independiente 2 – San Martin de San Juan 1. No ganó el fútbol, pero hubo un tercer personaje dispuesto a oficiar de salvador. Lo logró. Ayer ganó la gente, ganó el hincha común.


martes, 6 de septiembre de 2011

Messi y el país de los distintos

Los argentinos somos distintos a todos, lo demostramos todos los días, en la vida y en el fútbol. Como hablar de la vida sería un terraplén filosófico que no estoy dispuesto a afrontar, me limito a hablar de fútbol, donde la coherencia, por momentos, se ve agobiada por un sinfín de contradicciones que amenazan con destruirlo todo. Aquí, dónde el deporte más popular del mundo es apabullado por los paradójicos analistas -o eso creen ellos-, concebimos a Lionel Messi. No nos importa que sea una pieza fundamental del mejor equipo de todos los tiempos, tampoco que pasme al mundo entero con esos regates que parecen físicamente imposibles. Acá lo vapuleamos como si fuera el máximo responsable de este deterioro crónico.

Por inercia o porque las antiguas tradiciones así lo disponen, consideramos antipatria a quien no canta el himno. No importa que sus cualidades disimulen, por momentos, nuestras falencias graves, tampoco tiene validez que sea considerado uno de los mejores de la historia. Si no canta el himno está condenado a formar parte de los traidores. En este contexto, tolerando un considerable grupo de insólitos que se atreven a criticarlo, Messi se calza la celeste y blanca. Es decir que, sin siquiera tocar una pelota, ya forma parte de las críticas.

Suena el silbato y los antagonismos con lo que le sucede a Lio del otro lado del charco empiezan a pronunciarse. Se sabe, querer parecerse al Barcelona es aún más difícil que intentar ganarle. Sin embargo, la Argentina no sólo que no se parece en lo más mínimo, sino que demuestra varias actitudes propias del polo opuesto.

El Barça de Messi juega, se divierte, disfruta. La Argentina de Leo sufre las presiones, carece de todo sentido del juego y se decepciona regularmente. En el Barça forma parte de un grupo de amigos que prevalecen el todo, por encima de cualquier estrella. En la selección le demuestran cada vez que pueden su etiqueta de astro, por encima del resto. Acá le reclaman que “ponga huevos”, como si él no fuera consciente de cuál es el camino hacia el éxito. Allá no pone huevos y, sin embargo, está colmado de títulos, hace más goles que un goleador y disfruta de los elogios de todos (madrilistas y barcelonistas). Posiblemente los que le exigen “huevos”, pretendan intensidad, presión constante y señales de juego asociado. Posiblemente ellos no sepan que el Barcelona subordinó su metodología de entrenamiento a la forma de jugar que hoy los conserva en la cumbre.  

Entonces así, adorado por todos, repudiado por nosotros, la selección sufre la presencia de semejante ídolo mundial. La sufre y no la sabe utilizar. Mientras la coherencia reclama duplicar esfuerzos para proporcionarle al mejor jugador del mundo un equipo a su nivel, la realidad muestra a un seleccionado que ve en una estrella la absoluta salvación. Pero no. Para nosotros Lionel Messi es un antipatria, un definitivo fanfarrón que viene a defender los colores por obligación. Tal vez aquí no juega como en el Barcelona porque no hay el mismo dinero en juego. Probablemente la humanidad está equivocada. Nosotros, nunca.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El duopolio más fructífero que pueda existir



Monótono, uniforme, imperialista. La pelota gira y gira, encantada por el concierto de pases del Barcelona y seducida por el vértigo propuesto por el Real Madrid. El 11 a 0, repartido entre los seis goles del conjunto merengue y los cinco de los catalanes en la primera fecha de la liga, estimuló la polémica. Está claro, el fútbol mundial atraviesa un duopolio propio de dos potencias casi inquebrantables. ¿Tanta supremacía  desigual perjudica al deporte más popular del mundo?    

Si alguien tuviera la bola de cristal seguramente hoy podríamos hablar de certezas. Pero no. El mundo, entre otras cosas, está hecho de varios supuestos. Entre ellos, qué pasará el día de mañana si continúan estos dos camicaces adueñándose del único objeto que siempre perteneció a todos. Lo protegen muy bien, por cierto.

Olvidémonos que existe un mañana. Estamos ante la presencia de dos equipos históricos. Sí, son parte del presente, pero también ya son parte de la historia. Deleitémonos ante un Barcelona utópico que evoca como nadie lo más preciado del espíritu amateur. Gocemos de un Madrid deslumbrante, que cada día expone con fundamentos que las velocidades en el juego han cambiado. De eso se trata, apreciar la revolución como tal. Porque como todo cambio transformador, viene adjunto con millares de discípulos que intentan aferrarse a los progresos. Aunque parezca una quimera querer tener el estilo barcelonista o la agresividad de los Merengues, hay infinitos casos de conjuntos que han interiorizado ciertos recursos; con éxito.

Por eso, disfrutémoslo: analicemos sus imposibles, intentemos emular sus recursos por más que sepamos las absolutas diferencias. Sufrámoslo: padezcamos ser hinchas de un equipo que todos  los fines de semana acaba un partido con menos del 20 por ciento de los pases concretados. No los comparemos.

“O cambia o matamos el fútbol”, manifestó el presidente del Sevilla José María Del Nido. No señor Del Nido. Morirá la disputa, morirán los hinchas del resto de los equipos que cada vez perderán más adeptos y hasta morirá ese ensañamiento porque algún día el mejor pierda. Será monótono, uniforme e imperialista, pero mientras estos dos equipos sigan existiendo, el fútbol nunca morirá.



martes, 30 de agosto de 2011

La docencia, el nuevo oficio de Pep y sus muchachos



Aprender, de eso se trata su existencia. Por más copas, por más partidos, por más fama que se le adjudique, el Barcelona aprende algo nuevo todos los días. Dicen que mantenerse insaciable de gloria ante tantos títulos es una de las misiones más difíciles para un entrenador. Guardiola objeta todos los días ese aforismo. En cada partido, por más diferencia que exista entre los blaugrana y el resto, el Barça aprende algo nuevo. Ayer, en el inicio de una nueva temporada española en la que la supremacía monopólica se pone cada vez más en manifiesto, el conjunto catalán volvió a sorprender. Cada vez que una temporada comienza, aseguramos que, tarde o temprano, toda hegemonía llega a su fin. Allí está el Barcelona, para contradecir otra sentencia histórica con fútbol. Y, sobre todo, para enseñarnos todos los días algo nuevo; algo nunca antes visto.

Ayer, en su debut liguero, el conjunto dirigido por Pep Guardiola  volvió a ser protagonista de esos detalles que hoy parecen intrascendentes, pero que, en un par de décadas, serán motivos de míticos relatos. No, no se trata de vencer por 5 a 0 al Villarreal, uno de los grandes equipos del fútbol español. Tampoco tiene que ver con el récord de Messi (superó los 100 goles en el Camp Nou, con sólo 23 años) ni la continuidad del imperio. Se trata de un movimiento táctico, que deja atónitos a cualquier analista de fútbol.

Guardiola, extraordinario generador de estímulos,  no contaba con varios de sus estandartes para el encuentro de ayer (Adriano, Piqué, Puyol, Dani Álves, Maxwell).  Una vez más, fue contra todas las teorías y cambió el sistema táctico en cuestión de horas: pasó del 4-3-3 al 3-4-3. Como si fuera una novedad, el sistema parecía interiorizado de hace años. No tuvo errores. Ni siquiera teniendo en cuenta que dos de los tres defensores -Mascherano y Busquets- son volantes por naturaleza.

Sin embargo, la plasticidad no sorprende tanto como el estilo. Nunca, ni el Barcelona de Cruyff que en los años 90 se apoderó de la pelota (jugando con línea de 3), ni el resto de los dream teams que trascendieron a lo largo de la historia, pudieron cambiar de sistema y seguir mostrando la misma identidad. Los hombres de Pep acabaron con otro imposible.

Los sistemas pocas veces fueron motivo de discusión. “Se discuten los jugadores”, manifiestan algunos viejos conocedores. Sin embargo, es más que evidente que entre el 4-3-3 y el 3-4-3 existen claras diferencias. El recurso más visible del Barça, la posesión, podría haber sido perjudicado por el nuevo sistema que obliga, o por lo menos eso dice la teoría, a la verticalidad.

“Si no tengo defensores pondré más atacantes”, dijo el insaciable Guardiola. Entonces así, con dos volantes oficiando de defensores, con Xavi, Inesta, Fábregas y Thiago ocupando ese nuevo centro campo con cuatro  “atacantes”y con la trilogía ofensiva de siempre, aunque con este nuevo sistema hubiera sido lógico observarlos con otro proceder. Pero no.

El Barça todos los días aprende algo nuevo. Esta vez, cambió el dibujo y mantuvo la identidad. “Más que un club”, garantiza su lema. Es evidente, Guardiola pudo cumplir con las expectativas del hacedor de la frase. El FC Barcelona no es sólo un club. Es una banda de amigos, es una institución que excede a cualquier nombre, es el mejor equipo de la historia. Y, ahora, también es un grupo de personas amantes de la docencia, que aprende y, sobre todo, enseña todos los días algo nuevo. Algo nunca antes visto.



lunes, 29 de agosto de 2011

Boca y Falcioni negocian con la realidad del fútbol argentino


Si el juego fuera tan exigido como ese ensañamiento por terminar en el resultado arriba del otro, seguramente, el fútbol daría un infinito salto de calidad. No soñemos. A veces, combatir la realidad puede ser mucho más útil que fantasear con algo que no esté a nuestro alcance. Boca, deteriorado hace más de dos años por esa exigencia  que amenaza con destruirlo todo, salió a combatir la realidad. Se exigió en el juego y quedaron resultados.

Falcioni pidió tiempo. Difícil en un equipo grande acompañar esa petición con la carencia de resultados. A pesar de que algún que otro dirigente reclamó un “plan b” o, en su defecto, la cabeza del entrenador,  hubo una acertada postura de paciencia. El DT se asentó. Homogeneizó un grupo que hacía mucho tiempo no se consolidaba y le devolvió al equipo algo que ya parecía irrecuperable: una identidad.

El grupo, con refuerzos de jerarquía, logró incorporar ese sentido de pertenencia que distingue a un equipo de un combinado de prestigio. Asimiló el estilo que se ausentó en el primer semestre del año y revalorizó su localía. Nada tiene que ver con la valía del estadio o el peso de la camiseta; la revalorizó en el juego.

Falcioni logró mutar el grupo y, sobre todas las cosas, pudo recuperar una manera de jugar que siempre identificó a los Xeneizes. Promovió una defensa que parece compacta, acertó en el equilibrio necesario entre los volantes de contención y los ofensivos y encontró una manera de profundizar y romper líneas de presión, en lo posible, sin recurrir al ataque directo (pelotazo).  Boca ya no se asemeja a ese desorden que suele caracterizar al fútbol argentino. La defensa y el ataque ya no funcionan de manera autónoma. Vale la pena repetirlo: el equipo encontró esa identidad que tantas veces se le reclamó.

Por más que el funcionamiento como grupo sea enormemente más necesario que cualquier otra cuestión, nunca está de más remarcar los aciertos de las individualidades. Eso también es función de un líder y, más aún, de un entrenador: sacar el máximo de cada uno de sus dirigidos. El conjunto boquense está teniendo sinergia  como equipo y, además, sus partes están funcionando en gran forma de manera independiente.

  Alguna vez un gran entrenador aseguró: “no ganar y ganar no es lo mismo, pero ningún éxito inmuniza”.  Seguramente que Falcioni no está inmune en su cargo, pero, mientras mantenga esta línea de juego, posiblemente los resultados vengan solos. Y, como estamos acostumbrados en el fútbol argentino, si hay resultados hay inmunidad. Y si hay inmunidad hay posibilidad de combatir la triste realidad. Con trabajo. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Independiente cayó abatido pero con algo en los pies


“¡Ganemos, sea como sea ganemos!”. Las paredes del túnel previos a ese rectángulo de cal, refugio de celebridades, hacen eco de una terminología casi sistemática. Por inercia,  el referente requiere una y otra vez algo que parece convincente, pero que, analizándolo, carece de fundamentos. Se trata de salir a vencer. “Esto es una final”, asegura, dejando en claro que acá se juega de otra manera o, por lo menos, procurando exhibir la presencia de un condimento extra. ¿Acaso jugar una final excluye a un equipo de continuar con lo que se venía realizando hasta acá? ¿En algún lugar de la estratósfera alguien sabrá qué abarca ese “sea como sea”?

Anoche, Independiente disputó la final de la Recopa frente al Inter de Porto Alegre, en Brasil. El fútbol, a veces injusto, ostenta su máxima expresión emotiva en una final. Sin embargo, aunque parezca imposible, se puede jugar un encuentro con alto grado emocional y no renunciar a la identidad del equipo. Independiente perdió otra copa, la segunda en un mismo mes. Pero no renunció a su esencia. Fue fiel a su manera de ser. Jugó a lo mismo que en algún momento lo consagró campeón sudamericano. Y, tal vez por suerte o por mera decisión del destino, salió subcampeón porque unos centímetros de diferencia entre la zurda potente de Maxi Velázquez y el poste concluyeron la cuestión. No pudo ser.

Entre morir con las botas puestas y vivir, muchos prefieren vivir. ¿A qué precio? Parece prácticamente imposible nivelar un argumento en la balanza de los resultados. Seguramente, gran parte de los fanáticos del fútbol prefiera los resultados. “Estoy tranquilo”, aseguró Antonio Mohamed tras la derrota de anoche. De eso se trata. Se puede ganar a cualquier precio, se puede vencer renunciando a los ideales. El problema será cuando la pelota pegue en el palo y salga afuera. Allí la conciencia exigirá una explicación, porque se abandonó lo que se venía pretendiendo.

Es probable que anoche las paredes del túnel del Estadio Gigante da Beira Río hayan resonado, por enésima vez, ante la popular frase pre partido: “ganemos sea como sea”. Fue sólo por inercia. Porque en la cancha, Independiente no ejerció el “sea como sea”. Fue coherente con su esencia. Fue genuino, la pelota se fue por pocos centímetros, no levantó la Copa pero terminó tranquilo. Porque cuando  de morir se trata, lo único satisfactorio es hacerlo con las botas puestas.

martes, 23 de agosto de 2011

Real Madrid-Barcelona, hablemos de lo que a nadie le interesa

Por favor, cambiemos de tema. Mientras el mundo irradia esa manera de ser obscena que caracteriza a José Mourinho, la pelota sigue girando, cada vez más bella y radiante, producto de un sinfín de recursos propuestos por esta nueva revolución del fútbol. Fue otro Barcelona-Real Madrid, otra apología a lo que todos los soñadores del fútbol desean en cualquier momento, pero ninguno transforma en realidad. Ellos sí. Ellos, como nadie, afloran esa compleja combinación de recursos que acaricia la perfección. Sin embargo, no alcanza. Nada puede vencer a esa devoción por lo inmoral,  por el gesto procaz de Messi o las canalladas de Mourinho. Excedamos: hablemos de fútbol.

Históricamente, el clásico más importante de España fue sinónimo de emoción y vertiginosidad. En los últimos años, el Barça expandió su proyecto a una cultura futbolística mundial y, sin darse cuenta, a la manera de observar este choque de potencias en el resto de la humanidad. Últimamente, y más aún con la llegada de Mourinho al banco madrileño, el análisis era muy claro: el Barcelona intentando construir, como siempre, desde la posesión y el Real Madrid adaptándose a ese estilo, intentando romper los circuitos de circulación y, sobre todas las cosas, apostando a la dinámica y el contragolpe.

La Supercopa de España dejó un sinfín de nuevas certezas. Entre ellas, que un alto porcentaje del mundo del fútbol prefiere la riña extra futbolística, antes que el choque de identidades dentro del campo de juego. Por otra parte, y mucho más ostentoso  para los amantes del juego, tanto la final de ida como la de vuelta marcaron una excéntrica realidad: la hegemonía del Barcelona ya no es la misma, el Real Madrid se puso a tono con la historia y garantiza en la cancha una temporada con la supremacía mucho más disputada.

¿Qué cambió en tres meses para que clásico español tenga esta mutación sustancial, siempre en tren de mejora? El equipo madrileño trabajó sobre una nueva identidad. Con la misma vertiginosidad, pero con mayores pretensiones por la tenencia de la pelota, es el primer equipo que pone en jaque al Barça, ejerciendo presión total. Eso se consigue con un consistente trabajo de pretemporada, que procure profundizar en el método de entrenamiento,  congruentemente con la esencia que se pretende inculcar en el equipo. Entonces, con mucha intensidad en toda la cancha al momento de marcar, con una vehemente movilidad que aumente las posibilidades de pase para la continuidad de la posesión y con la misma verticalidad de siempre a la hora de profundizar, el Real cosechó los frutos de la laboriosidad; los ostentó en el juego, pero no en el resultado.

El Barcelona sigue exponiendo con superávit de motivos su rótulo de mejor de la historia. Esta vez, como nunca, enfrentó a un equipo que le propinó algunas de sus propias medicinas. Sin embargo, como una de las millares de virtudes que ostenta este equipo, apareció la eficacia.  Y con ese insaciable hambre de gloria, el Barça sigue cosechando títulos.

Está claro, la final de la Supercopa española ratificó algunas certezas y refutó unas cuantas otras. El Barcelona de Guardiola levantó otra copa, ya no es noticia. Hubo un equipo que le jugó de igual a igual y, por momentos, mejor; eso sí es noticia. Y, por último, el dedo de Mourinho en el ojo de Vilanova admite muchas más repercusiones que el propio análisis del mejor clásico del mundo. A esta altura, no se sabe si eso sigue siendo una novedad.




miércoles, 17 de agosto de 2011

River, en tren de revancha


Un día, allá por la edad media, cuando el “football” ni siquiera significaba la fusión de dos vocablos ingleses, hubo alguien, en alguna parte de la esfera terráquea, que pronunció una frase insulsa sin darse cuenta del vigor de sus palabras. Pasó el tiempo, se convirtió en un dicho popular adueñado por el deporte más famoso del mundo. En cada derrota, en cada amargura padecida dentro del rectángulo de cal. Siempre las mismas palabras, una y otra vez: “No importa, el fútbol siempre te da revancha”.  Acá, en Bangladesh y en España, en el resultado o en el juego, el fútbol siempre te da revancha.

River vivió en el último semestre la que posiblemente sea la etapa más martirizadora de su existencia. Tristeza, desaciertos y renuncia a su esencia. Malos resultados, castigo y descenso. No existía la revancha. Era un capítulo negro que no permitía consuelo.

Ayer, ante un marco conmovedor, el conjunto millonario se presentó en la segunda categoría del fútbol argentino. La perspectiva era distinta. Atrás quedó la violencia, el desenfreno y el fracaso. Atrás quedó ese equipo con el que pocos se sentían identificados y ese explícito temor por fracasar. Con Matías Almeyda como nuevo entrenador y con un grupo de audaces dispuestos a oficiar de salvadores, River tuvo revancha, sobre todo en el juego.

El conjunto de Núñez fulminó con realidades ese mito que asevera distancia entre la manera de jugar de una categoría y de otra. River ganó el partido con recursos de un equipo de primera. Lo ganó en las transiciones: marcó una notable diferencia al momento de contragolpear y, a la vez, cuando tuvo que neutralizar situaciones rivales. Lo ganó con prestigio: Dominguez, Juan Manuel Díaz, Cavenaghi y Sánchez marcaron la diferencia con inteligencia, pero sobre todo con aptitud. Lo ganó con identidad: Almeyda siempre manifestó que lo principal es conseguir una identidad y dio un importante primer paso en su búsqueda; se notó un 4-4-2 con pretensiones ofensivas y, sobre todas las cosas, con las ideas claras.

La escuadra millonaria venció a Chacarita por 1 a 0. Por escenario, por camisetas, por historia, por protagonistas, no hubo referencias visuales de la B Nacional. Sí hubo un aroma a nueva atmósfera. Hubo una sensación de revancha que el fútbol, y sobre todo el juego, siempre está dispuesto a propinar.



lunes, 15 de agosto de 2011

Real Madrid, Barcelona y una batalla por ser feliz

Según la Real Academia Española, la felicidad es un estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien.
El fútbol demostró en los últimos años un monopolio de felicidad que, como nunca antes, se percibía fascinante. No, no se trata de la exclusividad de las estrellas en un solo equipo del mundo; tampoco del poder arrollador de Julio Grondona y sus secuaces. Se trata de la pelota. Una mañosa soberana que, simplemente, permanece en el lugar donde mejor la tratan. El Barcelona de Pep Guardiola se adueñó durante casi cuatro años del único monopolio satisfactorio a los ojos. Ayer, un domingo cualquiera en el viejo continente, el Real Madrid vapuleó el imperialismo.

Por esos imprevistos del destino o porque la historia amenaza con repetirse cada tantos años, la última vez que el Barcelona había perdido la posesión del balón había sido justamente contra el Real Madrid, allá por mayo del 2008, cuando Frank Rijkaard comandaba a los blaugranas. Hoy, con más de 150 fines de semana de disfrute, Barcelona vuelve a perderla, amedrentado por un candidato que, por primera vez en mucho tiempo, le presentó mejores condiciones.

Esa apología a la diversión que contempla el Barcelona, a tocar la pelota cuántas veces sea necesario mientras la felicidad rebase al marcador, careció ayer en el Santiago Bernabeu. Nada tuvo que ver ese 2 a 2 final, consecuencia de virtudes de los mejores jugadores del mundo y de un planteo idealista de José Mourinho. Sí tuvo plena incidencia en el juego ese cambio ideológico que propuso el entrenador del Madrid. Presión, movilidad, transiciones perfectas, controles orientados, ni el mayor soñador hubiera pensado en semejante combinación de recursos. Tal vez, la única carencia estuvo en la definición. Cuando un equipo tiene veinte situaciones claras de gol y convierte dos,  puede que deba ajustar algo en ése aspecto.

Es evidente, ayer no fue un domingo cualquiera en la capital española.
 El Barcelona fue víctima de su propio estilo. Por primera vez en muchos años, pareció no haberse divertido. El Real Madrid vivió precisamente lo contrario: por primera vez en un largo tiempo, fue feliz compartiendo el rectángulo con los de azul y rojo.  Al fin y al cabo, todo se resume en eso: seducir, cautivar y complacer a la pelota; con el esencial objetivo de ser feliz.



martes, 9 de agosto de 2011

El fútbol argentino, ¿igual que siempre?

Críticos del fútbol, no sigan. La primera fecha del torneo local dejó saldo negativo, es evidente. No es necesario ése hábito a juzgar el deterioro que parece haberse estacionado como crónico.  Sin embargo, más allá de eso, sus análisis sufren un pecado de principiante: la generalización.  “En el fútbol argentino sigue todo igual”, pronuncian una y otra vez, acoplándose a ése tren de analistas que parece infinito. Error. En el fútbol argentino sigue casi todo igual.

Por mera casualidad del destino o porque la pelota, cada tanto, vuelve a confiar en el amor, Rafaela se adueñó del fútbol en esta primera fecha. Suena poco convincente para un torneo que recién arranca y ya sufre las secuelas de los perjuicios constantes. Sin embargo, el equipo santafesino excedió al juego de una categoría que lo alberga por primera vez en varios años y continuó por la misma senda ideológica que lo etiquetó como el último campeón de la B Nacional.

Frecuente para los seguidores, Atlético Rafaela siguió demostrando el mismo fútbol que en la segunda categoría y fulminó la tradición que asevera que no se puede jugar de la misma manera en una divisional y en la otra. Sorpresa para unos pocos, los de blanco fueron superiores en zona sur y vencieron, sobre todo en el juego, a un Banfield descolorido, que con dos hombres de más aumentó su declive.

Entonces, no está todo igual: del norte de la capital santafesina, vienen unos desconocidos con aires de cambio. Por eso, críticos del fútbol, fíjense, tal vez sea mejor empezar a nombrarlos ahora, que todavía siguen siendo anónimos y distintos.


viernes, 5 de agosto de 2011

Cuando jugar se vuelve un trabajo

“Divertite”.  Resuena la palabra casi periódicamente en la cabeza del niño. Un padre, personaje fantaseador si los hay, repite la terminología una y otra vez, con la obligación que su cargo de antecesor le designa. El niño sale a ese pequeño rectángulo de cal. Al igual que cualquier ser humano, allí se olvida de todo, inclusive de la petición de su papá.  Ése pequeño espacio aloja más de una decena de sueños inocentes que sólo buscan patear la pelota lo más lejos posible. Dicen que toda historia feliz tiene su desdicha. En este caso, una moneda, la única capaz de infectar ese lugar donde, por un rato, la felicidad le gana por paliza a los problemas.

Hoy, el fútbol fue partícipe de otras de esas locuras que cada tanto invitan a dormir la pelota y pensar un rato. Un niño de 7 años fue contratado por el Real Madrid por una suma sustancial de dinero. Él y toda su familia ya están en España, dispuestos a una nueva vida, en donde la criatura domine el timón. Del equipo Merengue informan que Leonel Angel Coira -el niño argentino contratado-  no tendrá ningún tipo de presión, la única misión es la diversión. Suena contradictorio.

A veces el destino te pone a prueba y parece difícil refutarlo. Deben existir pocos amantes del fútbol que se nieguen a un contrato de sus pequeños hijos al Real Madrid u otras potencias mundiales. Así aconteció con Jorge Messi, quien hace unos cuantos años debió tomar esa difícil decisión que le dio un giro radical a su vida. Sin embargo, como en todos lados, existe la otra cara de la moneda; en este caso, los que sacrificaron tantas cosas y se diluyeron en el intento.

Porque sí o porque el fútbol a veces amenaza con volverse una recopilación de negocios, vale la pena aclarar que la postal de los potreros sigue predominando en la Argentina. Lo preocupante reside en las intenciones de los niños: parece que el oficio de jugar al fútbol pierde por goleada con el de ser una estrella.  

El negocio se cobra una nueva víctima proveniente del potrero. Puede que dentro de una década todos estén disfrutando de nuevo crack argentino en España. Más importante aún será que Leonel pueda cumplir con el encargo de su padre: “divertite”.