martes, 8 de noviembre de 2011

Reclamando un estilo



Hay tardes en donde la nostalgia se pone un traje angustiante y sale a invocar viejos sucesos del pasado. Seguramente aquellos días fueron más favorables que este presente con sabor amargo.  Tal vez el viernes sea una de esas tardes, donde la memoria traiga recuerdos placenteros y la actualidad los convierta en viejos y ficticios. Quizá la Selección Argentina, ante Bolivia, recuerde aquellas jornadas memorables, donde las eliminatorias eran una circunstancia y, estos partidos, un simple trámite efímero.

Corría el mes de abril del 2001, se aproximaba otro sábado en el calendario y los planes seguían siendo los mismos: mirar fútbol y jugar al fútbol. El fin de semana ya se proyectaba y, como buen fanático de la pelota, el picado también. En eso suena el teléfono fijo, lejos estaban los celulares en aquel entonces. Del otro lado de la línea, un amigo inicia el diálogo: -“Juan, el sábado a las 16 jugamos al fútbol 5, en el club”. Ni siquiera esperó la respuesta.  Pienso un segundo y replico: -“a esa hora juega la selección, contra Bolivia ¿no lo vamos a ver?”. Del otro lado se siente una sonrisa y la contestación inminente:   -“Pero si es un trámite eso. Jugamos en el club y después vemos cuántos goles hizo el Bati”.  Aquellos días quedaron lejos. Tan lejos como la crisis económica. Tan olvidados como las clasificaciones cómodas, en las que alguna vez Argentina fue soberano.

El viernes habrá una nueva jornada eliminatoria. El conjunto albiceleste enfrenta a Bolivia. La filosofía de Alejandro Sabella todavía no está demasiado clara. Frente a Venezuela y a Chile, los planteos fueron distintos, los sistemas también.

“Por supuesto, en la selección juegan los mejores”, asegura la mayoría y reafirma Sabella con hechos. Es discutible. Los mejores no siempre son los más adecuados. Los mejores no siempre se adaptan al estilo de un entrenador. Los mejores no siempre son los mejores.

Por ideas y por acontecimientos, el conjunto nacional se bambolea en la cuerda floja hace varios años. Porque la identidad cambia, cada un par de años, al unísono con los entrenadores. Porque los jugadores no cumplen procesos. Porque se valora el fin y no el desarrollo. Porque las políticas siguen siendo las mismas. Porque la cuerda se ensancha a la par de los resultados.

Algo pasó. Los últimos años han traído malos resultados y, sobre todo, malos procesos. Sin embargo, todos reclaman. Por historia, por tradición, tal vez reclamen con razón.  La gente exige resultados. Que todo vuelva a ser un trámite, como antes. Para eso hay que empezar por el origen. Hay que reclamar un estilo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La revolución avanza



Llovía como si la humanidad fuera a extinguirse.  Eran las condiciones de un lugar inhóspito, extraño, distinto. El mundo acontecía otras vivencias. Sin embargo, todo se resumía allí. Hablar de un todo es esencialmente hablar de un todo: ataque, defensa, tacsisismos, verticalidad, posesión, coberturas, basculaciones, técnica, fundamentos, entrega, mística, eficacia. Athletic Bilbao y Barcelona prometían un bastante y terminaron ofreciendo un todo. Ni más ni menos que un fútbol de la nueva era.

Ya lo había dicho Marcelo Bielsa cuando le preguntaron acerca de Guardiola: “su fútbol es contracultural”. Nada nuevo bajo el sol. El entrenador y el conjunto blaugrana marcaron una revolución en la pelota. Cambiaron la manera de pensar. Rompieron con los paradigmas más profundos del juego y descubrieron un espacio del mundo que nunca había tenido comensales. Su filosofía se fue impregnando y se convirtió en un ideal. Algo lejano a lo que hay que aspirar o, al menos,  sentirse identificado.

Sin embargo el destino ha querido que la historia se construya de a varios. Por eso existen los rivales. Por eso la vida los vuelve a dividir. Y ahí están los que intentan adaptarse a la revolución y el resto, los que quedan en el camino. Allí aparece el Real Madrid de Mourinho, su adaptación al sistema y su estilo ultra vertiginoso. Hoy la revolución dio un nuevo paso, de la mano de un Athletic tan chiflado como su entrenador.

Se sabe, el clásico Real Madrid-Barcelona reúne a los que posiblemente sean los mejores 22 jugadores del mundo. Por eso comparar al Bilbao con los madrileños sería un error conceptual. Por eso la actuación de los bilbaínos promueve el progreso. Porque se trata de jugadores de segundo nivel. Se trata de un equipo humilde, como tantos otros, que no se ha quedado con la idea masoquista de entregarle la pelota al equipo de Guardiola e implorar por un empate. Eran nombres desconocidos los del conjunto rallado, hasta que un loco un poco menos loco que sus ideas les aseguró que podían ser mejores que cualquiera, en juego y en resultados.

Para ese propósito demencial primero deberían interiorizar varios recursos. Fueron cuatro meses de trabajo casi inhumano. No fue fácil comprender que en este nuevo ciclo necesitarían perseguir la pared hasta el hartazgo, olvidarse de los repliegues y aumentar -hasta la perfección- la eficacia en los relevos. Tampoco fue sencillo promover el físico a un nivel superior, donde el futbolista y el atleta se encentren en la punta de la pirámide. Además, se necesitó de una velocidad nunca antes experimentada, una técnica suprema y un avance intelectual en la toma de decisiones.

Barcelona y Athletic exhibieron un juego atestado de fundamentos; tácticos y de los otros. Cuando la humanidad suponía imposible plantearle al Barça un estilo ofensivo, el Bilbao fue coherente con sus ideales y salió a hacerle frente a la utopía. Le jugó y le ganó por goleada.

Atrás quedó el gol sobre la hora de Messi, el 2 a 2 de las mil sensaciones y el fin del récord de Valdás.  Hoy pasó algo más que eso, la revolución avanzó. La lluvia, los sentimientos y los protagonistas mostraron algo nunca antes visto. Tal vez haya parecido algo de otro planeta. Pero fue, ni más ni menos, que el fútbol de la nueva era.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Crónica de un reencuentro

Puede que aquella noche Guardiola no haya dormido. Seguramente el interrogatorio lo haya inquietado más de lo habitual. Tal vez la duda haya sido la jactancia de aquellos intelectuales. O tal vez no. Lo cierto es que indagaron e indagaron y nunca se encontraron con la madre de las verdades. Aunque, en el intento, llegaron a varias conclusiones.  

Corría el 20 de octubre del 2006. Una misteriosa visita a la Argentina de Jósep Guardiola alteraba aquellos días primaverales. Junto a él estaba su amigo, el prestigioso cineasta, David Trueba. El viaje estaba pautado hacía un tiempo; más aún el destino final: Máximo Paz, en un campo, el de los suegros de Marcelo Bielsa, más precisamente.

Fue una jornada intensa. Los argumentos iban y volvían, tan dinámicos como sus equipos suelen actuar. Bielsa ponía en constante estado de alerta a un aspirante a la primera línea de entrenadores. Compartían conceptos, discutían actitudes, revalorizaban una y otra vez el arte de pensar.

“Dígame usted, ¿por qué yo le debo dar una nota a un poderoso multimedio y negársela a una pequeña emisora del interior? Eso es un despropósito que no estoy dispuesto a afrontar”. Bielsa explicaba los motivos de su exclusiva  aparición en conferencias de prensa. La misma actitud que al poco tiempo Guardiola dispuso en uno de los clubes más prestigiosos del mundo.

Los ojos de Pep se agrandaban con el correr de las horas. La atenta vigía de Trueba no se perdía detalle alguno. Las cintas y los dibujos dominaban la escena futbolera. En eso, Bielsa vuelve a embestir: “¿Por qué decide ser entrenador? ¿no conoció aún toda la basura del fútbol como jugador? ¿tanto le gusta la sangre?”.

Está claro, ambas personalidades comparten una identidad similar en estilos. Los dos se proclaman devotos del Ajax de Van Gaal, aunque interpreten el juego de manera diferente. Los dos aman la amplitud, el orden táctico y la presión extrema. Los dos adoran el protagonismo, aunque lo ejecutan desde lugares distintos: Guardiola desde la posesión y Bielsa desde la verticalidad.

El rosarino, insistente, vuelve a indagar: “¿Tanto le gusta la sangre?”. Pep afirma: “esa sangre es una necesidad para mí”. El domingo, por primera vez en la historia, el fútbol los encontrará en una misma cancha. De un lado el Athletic de Bilbao, del otro el poderoso Barcelona. Y, tal vez, haya sangre de por medio, pero de otro tipo. La que seguramente hubiera pretendido Van Gaal. La que proviene de la posesión o de la verticalidad. La que Bielsa y Guardiola suelen provocar.

martes, 1 de noviembre de 2011

El precio de un hogar bien valuado

La catástrofe golpeaba la puerta a patadas, intentando derribarla. Se escuchaban gritos, amenazas y topetazos. En el medio del desenfreno, una voz clara y conocida intimidó: “si no hay un plan b, van a tener que desalojar el lugar”. En ese momento, al “lugar” lo habitaba Julio César Falcioni, quien de la noche a la mañana pasó de ser huésped a caudillo. Del maltrato al agasajo, vaya uno a saber por qué.

Si el fútbol argentino precisara de un símbolo obsecuente, éste seguramente sería el de un electrocardiograma en marcha. Un instante en decadencia y, en fracciones de segundo, en lo más alto del dibujo. Así es un electrocardiograma y así es el fútbol argentino: brusco y despiadado, misterioso y letal.

 Si alguien hubiera preguntado por Julio Falcioni hace dos meses atrás, nadie hubiera dudado en decir que se encontraba en la parte baja del gráfico. Los medios de comunicación hacían referencia a otro entrenador más devorado por el sistema nacional, repentino y cruel. Los dirigentes procuraban no caer en el mismo precipicio y le exigían al DT un “plan b”, como si a la hora de la contratación no hubieran examinado el “plan a” lo suficiente como para confiar en él.

 Pasaron diez semanas, toda una vida en nuestro fútbol. Alguna vez un gran entrenador aclaró: “no soy un inútil cuando pierdo, ni el mejor de todos cuando gano”. Falcioni hoy, para la mayoría, es el mejor. El Boca de hace diez semanas no era tan distinto del actual. Tenía verticalidad, posesión, amplitud y varios recursos de un equipo con trabajo. Pero claro, ése Boca no tenía eficacia. Entonces, aquel Falcioni era el peor o, al menos, lo suficientemente nocivo para echarlo del club.

 Fue el mismo día. Todavía acechaban las heladas de invierno, pero nada movía a la catástrofe de la puerta del hogar. Era 15 de agosto, día de destierro, de despedida. Todos imaginaban el fin de la era Falcioni. Sin embargo, así por así, todo cambió en un par de minutos y el que parecía un intruso, se convirtió en el capataz del lugar. De eso se trata, los resultados hacen y deshacen a su antojo. Y, muy de vez en cuando, ofician de justicieros.  

domingo, 30 de octubre de 2011

Las velitas del fútbol

-Cumpleaños de Diego Armando Maradona



Sopla, con alma y vida, evocando esas  guerras en el potrero, que de vez en cuando tenían final feliz,  o aquella final del mundo que consagró lo que ya era. Respira y vuelve a soplar, como en la vida, nunca se conforma con una sola bocanada. Es el aliento supremo, del que respiró un millón de sensaciones y fue lo que ningún otro.

Inhala y piensa, cuándo fue que su mundo cambió, cuándo dejó de ser Pelusa y se convirtió en esto. Reflexiona en esos segundos que lo separan de las velas de colores. Recuerda la primer entrevista, ésa que soñó con ser campeón mundial y el periodista lo miró con cara de compasión, percibiendo a un niño pobre y utópico. Sigue pensando, se viene a su mente aquel 20 de octubre de 1976 en La Paternal, cuando su zurda todavía era anónima y su sueño un disparate infinito.

Pasa otra centésima de segundo en su mente solitaria. Pasa el tiempo, la consagración, el pase a Boca, los imposibles que de a poco fueron siendo probables. Las primeras vueltas olímpicas. Conocer Europa. La partida al mejor equipo del mundo, el Barcelona. Más título, más gloria y más hambre. De lo brilloso a lo opaco, del escudo plagado de estrellas, al desconocido Nápoli italiano. Vencer a la utopía. Jugar un Mundial, lo máximo. Vencer a lo absurdo: ganarlo. Vencer a la ética: hacer un gol ilícito y ser el más puro. Vencer a la religión: ser el dueño de la mano de Dios.

Exhala y su mundo se vuelve blanco y negro. Recuerda lo feo, lo otro, lo que también lo transforma único entre los únicos. El hambre, el frío, lo peor de Fiorito. La parte contaminada de la pelota. Las traiciones de  los que alguna vez fueron su cimiento. La crueldad de la prensa, la hipocresía de los dirigentes. El día que le cortaron las piernas. La adicción. La soledad.

Sopla. Expulsa un aire que conjuga el absoluto. Astro, Pelusa, El Diez, Barrilete Cósmico, D10S. Se extingue la llama del 51. El fútbol está de fiesta, hoy también es su cumpleaños.


jueves, 27 de octubre de 2011

El tiempo no existe para los locos


“El tiempo te dará la razón”, proclamaba aquella bandera insulsa y olvidada. Fue genuina. Fue una colección de conjeturas plasmadas en un cacho de tela. Fue un día allá por el 2002, mientras en Argentina todavía sonaban los ecos de una crisis devastadora y el fútbol hacía equilibrio tras el peor resultado histórico en un Mundial. La voz popular pedía un cambio y el tiempo fue benévolo con sus pretensiones. Aquella fidelidad extrema personificada en el trapo de tres jóvenes desfachatados, auguró un futuro que no fue. Un presente que no para un segundo de objetar aquellas letras oscuras.

Si algún lapso irrisorio de tiempo hubiera sido la solución a tantas controversias, seguramente hoy Marcelo Bielsa sería como un inestable gráfico lineal. Tal vez las emociones, el entorno o los resultados no se crearon para ser sus aliados. Quizás su único socio siempre hayan sido sus convicciones.

Aquel pedazo de tela inadvertido en el 2002, podría haber habitado varias veces el alambrado del Estadio Monumental de Chile. Seguramente del otro lado de la cordillera algún momento estuvo repleto de “anti-Bielsas”  y hubo un par de jóvenes descarados con las mismas certezas, pero sin la creatividad de los argentinos. Allí tampoco nadie precisó darle la razón, sólo reinó la eficacia de su método y la fortaleza de su convencimiento.

Quién sabe cuántas veces hayan requerido la bandera del 2002 en territorio español. Sólo un puñado de partido lleva Bielsa en el Athletic de Bilbao y ya posee unos cuántos hinchas escépticos a su estilo particular. Los hinchas van mutando, a la par de los resultados. Mientras el conjunto vasco triunfe, como esta tarde ante el Atlético de Madrid, el resto poco importará. Porque para muchos la vida se valora en años y se mide en momentos exitosos.

Tal vez a esto se refería aquel trapo celeste y blanco, de letras negras. Probablemente ésa razón, la de resultados y discípulos, algún día aparecerá. Sin embargo el escrito hacía referencia a Marcelo Bielsa, uno de esos locos que refuta al propio tiempo. Que seguramente desee que nunca le dé la razón. 


martes, 25 de octubre de 2011

El fútbol y las exigencias de un público heterogéneo

Van al Colón, al teatro por excelencia. Ansían ver el mejor de los espectáculos. Sufrir con la dramaturgia, disfrutar de lo atractivo y analizar lo inexacto. Son hinchas del fútbol, son amantes del deporte más popular del mundo, son fanáticos, aunque, en realidad, se consideren espectadores. Respiran hondo y entibian la butaca de emociones. Saben exactamente lo que pretenden o, tal vez, tienen más claro lo que repudian. Le dicen inmoral, cagón, vergonzoso y hasta ilícito. Se llama defenderse. Para algunos, un trayecto transitable y hasta eficiente; para la mayoría, un espectáculo indecente.   

Un paradigma eterno asegura que la estética del fútbol se valora en pases, en lujos, en eficacia, en el renombrado fútbol champagne. Es evidente, a los espectadores  les atrae más disfrutar de sus protagonistas con la pelota en su poder que sin ella. Entonces, ¿un repliegue defensivo inmejorable no es parte del buen fútbol? Parece que no.

Partiendo de allí, de la certeza generalizada de que una defensa perfecta no entra en el agrado estético,  se abre un debate aún más impetuoso: ¿el juego es un espectáculo o un mero procedimiento hacia la victoria? Sólo unos pocos logran conjugar efectividad con belleza. Entre los que quedan, el universo diferencia a los que prefieren ganar como sea y los otros, los que basan sus fundamentos en la esencia y no en el resultado.

Ángel Cappa, acérrimo defensor de la estética del juego, ingresa a la discusión cada vez que alguien lo consulta:
-Ángel, ¿de qué sirve jugar lindo?
-¿Y de qué sirve ser feliz?- contesta el entrenador.
La sala queda en silencio por un par de segundos. La razón trabaja al máximo de sus posibilidades, todos se cuestionan si la belleza del juego tiene alguna relación con la felicidad.

Y el fútbol, así por así, se entromete en el debate de la vida. Entra la filosofía, entra Descartes, entra Kant. Sigue la discusión, entra la iglesia y los agnósticos. Entra la esencia, lo bello y lo inaceptable.

Algunos concurren al tablón ver a sus equipos ganar, mientras otros prefieran ir al anfiteatro, a contemplar el arte de jugar bien y, en el mejor de los casos, ver una escena repleta de dramaturgia.

lunes, 24 de octubre de 2011

El equipo alejado de las sorpresas



Estas cosas pasan, una vez cada muchos años, pasan. Todos miran con admiración, no entienden cómo, esa camiseta opaca y sin brillo, apabulla al poder  y lo destiñe de realidad. No comprenden que a veces lo devaluado puede superar al imperialismo, que alguna vez los sueños le ganan a lo manifiesto y la coherencia a la especulación. No son conscientes de que el fútbol se mide en poder, pero se valora en la esencia del juego. Estas cosas pasan y la denominan sorpresas, por más que exista un club como el Levante de España que se encargue todos los días de desmentir esa sentencia.

Hace casi seis semanas, el mundo hacía referencia a un duopolio descomunal que amenazaba con arrasarlo todo. Barcelona y Real Madrid, dueños de una coraza inquebrantable,  se dirimían en un imperialismo que nutría a la pelota de un sinfín de recursos que la obligaban a pertenecer a ese sistema particular. Ese sistema, para bien o para mal, no admitía terceros. Ese sistema promovía la exclusividad, pero también brindaba una colección de placeres diarios. Parecía difícil derrocarlo o, más aún, poder ingresar a ese círculo vicioso que tantas satisfacciones compartía.

El Levante rompió, entre otras cosas, esa coraza hegemónica. El Levante traicionó 102 años de historia y se colocó como líder de la liga española, en soledad, por primera vez en su dilatada existencia. Ese equipo humilde, de colores desconocidos y jugadores anónimos (tal vez en España no, en el resto del mundo sí), se entrometió en la mesa chica. La mesa que mantiene a los mismos dos comensales, a los blancos y a los blaugranas, repartiéndose campeonatos y subcampeonatos hace siete años.

En ocho fechas disputadas, ocho como invictos. En ocho fechas disputadas, seis victorias y tan sólo dos empates. En ocho fechas disputadas,  catorce goles a favor, tres en contra, eficacia, vertiginosidad y contención. Son los números del Levante, un líder sólido, cauto y discreto.

“Salir campeones no es nuestro objetivo”, asevera hasta el artazgo Juan Ignacio Martínez. También desconocido, uno más  entre tantos, el entrenador del  Levante se colocó en esta temporada por primera vez el buzo de director técnico de un equipo de primera división. “Lo primero que hice cuando llegué al banco del equipo fue ponerme a las órdenes de los jugadores, no molestar”. Como un hombre humilde que no se reconoce como quien en realidad es (el DT del conjunto puntero de la liga española), como un gran líder que pondera el equipo por sobre su propia figura, Martínez forma parte de una cultura sencilla pero adiestrada.

El torneo en el viejo continente inicia su novena fecha. La humildad se mantiene en lo más alto de la tabla. El Levante se regodea entre los frutos del trabajo metódico, en la plenitud que retribuye transitar el camino más largo. Estas cosas pasan y se dan una vez cada tantos años. Son menos previsibles que las propias sorpresas de las que todo el mundo habla.

martes, 18 de octubre de 2011

Algún día, fútbol…


Posiblemente todo pase. Posiblemente algún día la pelota se escape del escritorio y retorne al lugar que nunca debió abandonar. O tal vez mejor aún: la política y el fútbol construyan paredes infranqueables, las mismas que seguramente hubiera edificado la historia, si algún día hubiera juntado a Messi y a Maradona un mismo escenario, en un mismo segundo y por una misma causa. Pero la vida es malévola y el deporte, entre otras cosas, una colección de decepciones. Entonces, por ahora y solamente por ahora, el fútbol sigue siendo un albergue de corrupciones y, el juego, el dueño de todos los perjuicios. 

Si el mal fuera una célula y los investigadores reclamaran por un núcleo, seguramente mucha gente diría que son los dirigentes. Y si la investigación profundizara, posiblemente todos acaben en una misma conclusión: Julio Grondona. En tiempos donde las campañas en su contra pasaron a ser moneda corriente, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino atraviesa un período de temblores, posiblemente el más testarudo de los últimos 31 años.

Rumores, chicanas y pruebas. Un afán muy evidente por desterrarlo de la AFA. Denuncias e investigaciones. Contrapruebas. En el medio, una nueva elección de presidente para la máxima entidad del fútbol argentino. Un defectuoso intento de revolución. Y ¡bum!, otra explosión, cuando parecía que la inmunidad volvía a estar de su lado, apareció un video, una cámara oculta, que aumenta el desenfreno y multiplica la desconfianza. La grabación no incrimina, pero vuelve a exigir la intervención de la justicia. Quizá quienes filmaron hayan actuado por resentimiento, es probable.

“Cumplió su ciclo”, se escudan los “anti Grondona”. Si el fútbol marchara por el camino del progreso, ¿alguien se animaría a asegurar que 31 años al frente de una institución es dañino? No hay por qué. Entonces, lo que cumplió su ciclo es una manera de actuar, que viene caracterizando a la mayoría de los dirigentes del fútbol nacional hace unos cuantos años.

Flamea la bandera de la sospecha, cada vez más alta y visible. En pocas horas la AFA eligirá presidente, aunque todo parece indicar que en realidad reelegirá. Mientras la política avanza por un camino oscuro y nebuloso, el fútbol sufre. Y sufre. Y sufre. Sufre por un mal que parece nunca pasar.




viernes, 14 de octubre de 2011

El club de los distintos

Juguemos sin marcador, sin tiempo, sin gente. Juguemos sin árbitro, sin técnico y sin camiseta. Juguemos sin líneas y sin posiciones. Juguemos sin presión. Simplemente juguemos.

Bienvenido al club de los distintos. Pase que le describo nuestro sistema: este es el famoso club de los que  se olvidan del entorno contaminado y se dedican a jugar. Sea bienvenido, al lugar donde no existe la palabra perder. En realidad sí, existe, solamente una vez que el la pelota deja de rodar y la diversión cesa. Antes de eso, nadie piensa en perder. Nadie piensa en las consecuencias negativas ni en los reiterados temores. Solamente en la esencia, lo que verdaderamente hace al juego.

Acérquese que le presento a la comisión directiva y a los socios vitalicios. Allí al fondo, aquellos de naranja,  se unieron en la década del ’70. Le decían la Naranja Mecánica y siempre, sin excepciones, se entretenían en la desfachatez. Se cambiaban de lugar todo el tiempo, amaban el desorden y, sobre todo, amaban jugar.  Más atrás, aquellos cinco ancianos de buen porte, ingresaron al club en el año 57, los bautizaron como Los Carasucias de Lima. Corbatta, Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz, unos locos que creían que estaban en el potrero y en realidad estaban jugando una final sudamericana. Allá están los brasileros que entraron en el año 58 y, hasta hoy, siguen dando que hablar. Al lado, los de rojo y blanco, se llaman Estudiantes de La Plata. Es el único caso en que aceptamos a un padre y su hijo. Decían que si no iba a quedar afuera un pedazo de la historia y tenían razón.

 Como ve, la mesa es muy extensa, de a poco los va a ir conociendo a todos. Venga que le presento a los actuales presidentes. Son socios hace un par de décadas nada más, pero en los últimos tres años, cuando parecía que íbamos a desaparecer, portaron nuestra bandera como nadie y, por eso, hoy se merecen este lugar. Su nombre es Barcelona FC, nosotros los llamamos “los amigos”. Nunca  se separan, nunca dejan de lado a alguien del grupo y siempre andan hablando bien uno del otro. En fin, andan divirtiéndose de acá para allá, como si en la vida no tuvieran problemas que resolver. Parece que los resuelven a su manera.
Independiente de Avellaneda, ése que hace unos años exige memoria por su esencia y sufre la renuncia a sus raíces, conoció anoche las instalaciones del club más prestigioso del mundo. No las conoció por ganar (quedó eliminado en octavos de final de la Copa Sudamericana), tampoco por ser un terraplén de virtudes.  Conoció al grupo más selecto del fútbol por haberse olvidado del marcador, por haber dejado de lado las infinitas presiones y por salir simplemente a hacer goles, como alguna vez todos los concurrentes al potrero acostumbraron.

Es lógico, el equipo de Avellaneda estaba obligado a ganar por más de dos goles. Se olvidó del entorno, de la historia y de la situación. Pareció un cuadro despreocupado, pareció un partido del barrio, en el que daba lo mismo perder por uno o por diez, lo importante era embocarla en el arco rival.

La llave a ese ambiente paradisíaco, donde todo es diversión, donde jugar es un designio,  el Rojo la encontró en el fracaso. Cuánta ironía. Ojalá Independiente tenga la capacidad para darse cuenta que perder no es fracasar. Que jugar y ganar pueden ser sinónimos. Que ser feliz es triunfar y pertenecer al club de los distintos un sueño alcanzable.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cita eliminatoria, un mundo de sensaciones

Fin de semana de fútbol, de esperanzas, de aplausos. Inicio de semana gris, contradictorio, peligroso. Las dos caras de un equipo considerado por nombres y menospreciado en funcionamiento.

Viernes a la noche, día de estrenos. Se estrenó un entrenador, un 4-4-2, un nuevo proceso hacia un Mundial y, sobre todo, una atestada ilusión. Fue un inicio excitante: golear, ganar, gustar. Poca gente, mucha agua, un temeroso Chile. Todo nuevo, aunque haya parecido viejo y conocido. Fue un 4 a 1 encandilador. Como es costumbre, fascinados por el resultado y por algunos destellos de buen juego, los analistas del fútbol vieron todo color celeste, blanco y brilloso.

Continuidad de la jornada: martes agobiante en Puerto La Cruz. Calor y cambio de sistema. Un 3-2-3-2 (3-5-2) repleto de proyectos, pero carente de certezas. Errores conceptuales y el gol. La pelota parada, una de las virtudes manifiestas de los venezolanos. Luego las confusiones, en el estilo y en el sistema. Y lo de siempre. Los que hace cuatro días celebraban el inicio de una nueva era, hoy critican, se irritan y destrozan. Sin argumentos, aunque sobren.

¿Tanta diferencia existe entre un rival y otro? ¿Cuánto influye la localía? ¿Y el calor exasperante? Todos factores considerables, pero secundarios. El fútbol no es una ciencia exacta, pero siempre deja argumentos clarificadores. Chile y Venezuela no presentan grandes diferencias en cuanto a prestigio, pero sí en sus estilos de juego. Eso fue fundamental en la actuación argentina.

Frente a los trasandinos, Sabella plantó a un equipo velocista que manejó el contragolpe a la perfección, utilizó las tres calles de ataque y usufructuó del estilo chileno (jugar en cualquier sector y buscar siempre el protagonismo). Presión, intercepciones cercanas al arco de Bravo y eficacia. Los goles fueron los frutos de una propuesta correcta y, a la vista, de un error de Claudio Borghi: difícilmente se pueda conjugar eficazmente la idea de tres defensores y tres mediocampistas.

Los venezolanos, en cambio, fueron congruentes con la historia y salieron con el propósito de un repliegue total. Con dos puntas inteligentes que dejaban al descubierto a una línea de tres poco trabajada, que carecía de relevos y evidenciaba reiterados desajustes. Sin embargo, Argentina escaseó de todo tipo de recursos para mantener la posesión (movilidad, precisión en los pases, cultura del juego asociado) y un 1 a 0 barato ubicó a Venezuela por encima de los albicelestes en el marcador, por primera vez en la historia.

Del desenfreno a la decepción. Del amor al odio. De la virtud a la torpeza. La Argentina sube y baja, como una hamaca que nunca termina de estabilizarse. Como una planta que todavía se adapta a las fuertes correntadas. Como un seleccionado que aún no sabe a qué aspirar.   

El hombre salido de un cuento


Una sombra flota en la oscuridad del hotel. El amanecer todavía se hace esperar en Bilbao. Un anciano desvelado alucina: el mito, el que está en boca de todos hace varias semanas, le pasa por al lado como un discreto huésped del complejo Las Arenas. Sin embargo, a esas horas todavía tiene puesto el traje de legendario. El disfraz del personaje que duerme seis horas, estudia unas diez, camina quince cuadras todos los días hasta el entrenamiento matutino y se pasea por los pasillos del hotel durante las noches.

El Sol se asoma en la ciudad más habitada del país Vasco. El mito se vuelve realidad. El hombre desayuna como si se tratara del último de sus días. Recibe una decena de tortas diarias. Sus devotos conocen sus gustos y lo agasajan. El señor de 56 años agradece con gestos  salidos de una fábula. Como aquella vez en que se apareció en una repostería chilena y, ante la presencia de una cocinera regalona, abrió una hoja de papel y comenzó a recitar: “No puedo más que agradecerle su gusto por mis gustos. Mi alma y mi mente lo disfrutan intensamente. No así mi esbelta figura (…)”.

El hombre y el mito se alternan en cuestión de segundos. Cuando llega al campo de entrenamiento, rebosa la cancha de estacas, conos y cintas y comienza a dar cátedras: “es como ir a la universidad”, recalcan sus dirigidos. Allí aparece el entrenador, el estudioso, el hombre recio que convive con la perfección. Distinto a todos, las prácticas solamente suscitan auténticas situaciones de partidos. “¿De qué sirve el fútbol reducido? ¿En qué momento del partido vamos a tener los límites a diez metros y los arcos chiquitos? ¡Eso no da ningún resultado!”.

Tan claro y tan distante, con quienes no conoce. Trata a toda la humanidad de usted, con excepción de su familia y sus mejores amigos. Cuando el hombre toma confianza, el mito queda relegado por la realidad de un tipo carismático, chistoso y descarado. La leyenda vuelve a aparecer cuando se presenta ante la prensa. Allí se muestra prevenido, nunca falla a la verdad,  tampoco se sale de lo planificado. Nunca mira a los ojos a un periodista, siempre en un ángulo que simule hacerlo. 

Entre el cuento y la realidad, está su ética. Es un antisistema que pertenece al sistema. Nunca, sin excepciones, traiciona sus principios. Siempre sale a combatir la mediocridad con trabajo y la hipocresía con fundamentos. Está en contra de los que enaltecen su manera de ser: no me gusta que me elogien por mi honestidad, porque es, para mí, un valor inherente, pero, al mismo tiempo, parece que yo valgo solo por ser honesto.  Trabajo y hago una gran cantidad de cosas más allá de mi honestidad”.

Allí está, es él. Marcelo Bielsa. Si fuera ese mágico personaje de leyenda que por momentos simula, seguramente sería el justiciero, el que va contra la corriente por el camino más largo y engorroso. Pero no. Mientras la humanidad amenaza con extinguirlos, todavía existen locos así, salidos de la vida real 

lunes, 3 de octubre de 2011

Racing y su presente exasperan a los hinchas del fútbol

Insistentes, casi de memoria, los entrenadores de la vieja escuela aseguran una y otra vez que el rendimiento de un equipo depende de la calidad de los jugadores. Cappa, Basile y otros tantos hacen de su hipótesis una reiterada realidad. A veces funciona y  otras tantas no. Sin embargo su discurso no varía.

Si la teoría de esta vieja camada de directores técnicos fuera compatible con este Racing versión 2011, estaríamos deduciendo que los jugadores están eligiendo jugar mal. Por supuesto, ilógico en un presente repleto de presiones.  Entonces, ¿Cuál es la realidad de este equipo rebasado de futbolistas de calidad? ¿Falta trabajo o simplemente han elegido estar exentos de la pelota?

El presente de Racing ha rebasado la cotidianeidad nacional. Acostumbrados al “ganar como sea”, los hinchas argentinos suelen reclamar solamente los tres puntos. La Academia se convirtió en una excepción. Son conscientes del prestigio de sus jugadores y pretenden un poco más que acabar más arriba en el marcador que su rival de turno.

Por eso este presente oscuro. Por eso y no por resultados, se les exige a los hombres de celeste y blanco algo más. Ése algo más se traduce en juego, en mantener la posesión y soslayar el ataque directo. Se traduce en jugar al ras del piso y evitar el repliegue total. Por eso y no por resultados la gente sale con caras arrugadas del Cilindro de Avellaneda.

Moreno, Hauche, Toranzo, Gutiérrez, Luguercio, Licht. Superávit de jugadores de buen pie que, hasta ahora, están atestados de déficits como equipo. La teoría de la vieja escuela de entrenadores queda notoriamente relegada. Entonces, ¿Diego Simeone pretende el estilo de juego que está transmitiendo? En la cancha se exhibe un modelo de juego amarrete pero trabajado. Lo que demuestra a las claras las intenciones del DT.

Alguna vez José Mourinho recalcó: “Es esencial conocer la historia del club para ensayar una manera de jugar”. El actual entrenador del Madrid quería remarcar que el estilo de juego está totalmente ligado al pasado del club. Seguramente por eso la gente sale del estadio con caras de desconcierto. Por nombres, por el club que representa, los hinchas del fútbol le exigen a Diego Simeone algo más. Seguramente ése algo más signifique  interpretar la historia rancinguista.   

martes, 27 de septiembre de 2011

Mourinho, los motivos de un entrenador distinto

¿Por qué tanta diferencia entre unos y otros? ¿Por qué, con los mismos jugadores, algunos tienen éxito y otros fracasan? Rachas, inspiración, motivación, suerte, etcétera, etcétera. El fútbol da lugar a mil teorías, sin embargo ellos, los distintos, se aferran siempre a la misma. La denominan trabajo, aunque, si fuera tan sencillo, existiría un millar de entrenadores dispuestos a triunfar sacrificando su sudor. Se requiere un poco más que eso. Con José Mourinho como inspiración y con esa manía incansable por explorar más allá de lo habitual, cuatro jóvenes españoles escribieron el libro “Mourinho, ¿Por qué tantas victorias?”. Si bien la respuesta se presenta en unas 177 hojas, trataremos de argumentarla en unas cuantas líneas menos.

“Se juega como se entrena”, sentencia la primera página del atrapante tomo. Lógica pura. Los mejores equipos del mundo entrenan diferente al resto. Allí está la primera clave, los entrenadores distintos puede que trabajen un poco más que los demás, sin embargo, el secreto está en que trabajan distinto a los demás.

Es una escalera hacia la consolidación de un equipo. El primer paso, indudable, establecer un estilo de juego, saber de qué manera se pretende jugar. Claro, el primer escalón es fácil de superar. Ya lo hizo Sergio Batista asegurando que quería jugar como el Barcelona. Sin embargo, todos quedan allí, donde el discurso es protagonista y el hecho un mero espectador.

El segundo paso parece ser la fórmula que todos miran, pero que muy pocos son capaces de ver. Se trata de subordinar la metodología de entrenamiento a la forma de jugar que se pretende. Desde este escenario, queda más que claro que el entrenamiento nace desde el juego y para el juego, algo tan evidente como inexistente en la mayoría de los clubes. Allí está la diferencia de los grandes directores técnicos. Ellos no hacen nada porque sí. Es decir, no entrenan el uno versus uno si no quieren que en su modelo de juego se emplee ése recurso. Entonces, en la simpleza del método de entrenamiento se exhibe la complejidad de los mejores equipos.

“Hoy, en Argentina, no hay ningún equipo que amolde su manera de trabajar a su forma de jugar”, aseguró un ex delantero, próximamente técnico argentino. Teniendo claro ese concepto y observando el método de trabajo de los mejores entrenadores del mundo será difícil que fracase.

¿Por qué tantas victorias? Se cuestiona la tapa del libro que alude a José Mourinho. Después de una leída exhaustiva queda más que manifiesto: el portugués trabaja absolutamente todo lo que pretende hacer en el partido. Los jugadores del Real Madrid no van al gimnasio. La fuerza se "contextualiza" con una situación propia de un partido a diferencia de un trabajo en el gimnasio con press de piernas de 100 kilos. No hay pasadas, ni trabajos físicos sin pelota. Todos los ejercicios tienen un argumento en su modelo de juego y eso, a él y a otros pocos, los hace diferentes del resto.



lunes, 26 de septiembre de 2011

El fútbol y una discusión cotidiana

Eterno, como el deporte, el debate cruza los límites habituales. Los antagonismos se acrecientan a medida que el tiempo pasa. Los argumentos que para algunos se presentan como certeros, para otros son totalmente absurdos. Paridad y calidad. Para algunos funcionan como sinónimos, para otros no tienen vínculo alguno. Por eso es tan lindo el fútbol, porque te une y te desune en cuestión de minutos, porque te enfrenta con Dios y te asocia con el diablo, porque te abre la puerta y te dice analizá.

El fútbol argentino cambia todo el tiempo, como el viento. Los que ayer gozaban de los beneficios de buenos resultados hoy sufren, temerosos ante la tabla de abajo. Banfield, Argentinos Juniors y Estudiantes. Denominador común del ayer: campeones de los últimos tres años en el fútbol argentino. Denominador común del hoy: se codean en los tres últimos lugares del torneo argentino. “Eso es muy bueno”, garantiza un avezado periodista,  deduciendo que si el fútbol cambia hay paridad y, si hay paridad, hay calidad. 

Discutible. Si la paridad sería sinónimo de buen espectáculo, entonces, un 0 a 0 adormecedor, sería sinónimo de buen fútbol. La teoría dura lo que un estornudo, pero deja mil hectáreas de campo a la argumentación.

La cuestión está en confundir los atractivos. Un torneo puede ser fascinante por paridad o por juego, pero no funcionan como sinónimos. España y Argentina son claros ejemplos opuestos. Un torneo competitivo y, en muchos momentos, de poco nivel. El otro torneo tendencioso y con dos claros aspirantes al título, pero atrayente por donde se lo mire, por su nivel superlativo.

La Argentina se emociona, sufre y sonríe al unísono con las acciones en el verde césped. Promedios, copas o el título, todos, sin excepciones, siempre juegan por algo. La tabla se invierte como el globo terráqueo y nadie está exento de caer a lo más profundo. Por eso es tan apasionante. Por eso hay récords de audiencia y de concurrencia a los estadios. Por eso es uno de los mejores torneos del mundo. Por eso y no por el juego. Así como masividad no es sinónimo de prestigio, paridad no es sinónimo de buen juego. Hoy, mañana y siempre.