domingo, 30 de octubre de 2011

Las velitas del fútbol

-Cumpleaños de Diego Armando Maradona



Sopla, con alma y vida, evocando esas  guerras en el potrero, que de vez en cuando tenían final feliz,  o aquella final del mundo que consagró lo que ya era. Respira y vuelve a soplar, como en la vida, nunca se conforma con una sola bocanada. Es el aliento supremo, del que respiró un millón de sensaciones y fue lo que ningún otro.

Inhala y piensa, cuándo fue que su mundo cambió, cuándo dejó de ser Pelusa y se convirtió en esto. Reflexiona en esos segundos que lo separan de las velas de colores. Recuerda la primer entrevista, ésa que soñó con ser campeón mundial y el periodista lo miró con cara de compasión, percibiendo a un niño pobre y utópico. Sigue pensando, se viene a su mente aquel 20 de octubre de 1976 en La Paternal, cuando su zurda todavía era anónima y su sueño un disparate infinito.

Pasa otra centésima de segundo en su mente solitaria. Pasa el tiempo, la consagración, el pase a Boca, los imposibles que de a poco fueron siendo probables. Las primeras vueltas olímpicas. Conocer Europa. La partida al mejor equipo del mundo, el Barcelona. Más título, más gloria y más hambre. De lo brilloso a lo opaco, del escudo plagado de estrellas, al desconocido Nápoli italiano. Vencer a la utopía. Jugar un Mundial, lo máximo. Vencer a lo absurdo: ganarlo. Vencer a la ética: hacer un gol ilícito y ser el más puro. Vencer a la religión: ser el dueño de la mano de Dios.

Exhala y su mundo se vuelve blanco y negro. Recuerda lo feo, lo otro, lo que también lo transforma único entre los únicos. El hambre, el frío, lo peor de Fiorito. La parte contaminada de la pelota. Las traiciones de  los que alguna vez fueron su cimiento. La crueldad de la prensa, la hipocresía de los dirigentes. El día que le cortaron las piernas. La adicción. La soledad.

Sopla. Expulsa un aire que conjuga el absoluto. Astro, Pelusa, El Diez, Barrilete Cósmico, D10S. Se extingue la llama del 51. El fútbol está de fiesta, hoy también es su cumpleaños.


jueves, 27 de octubre de 2011

El tiempo no existe para los locos


“El tiempo te dará la razón”, proclamaba aquella bandera insulsa y olvidada. Fue genuina. Fue una colección de conjeturas plasmadas en un cacho de tela. Fue un día allá por el 2002, mientras en Argentina todavía sonaban los ecos de una crisis devastadora y el fútbol hacía equilibrio tras el peor resultado histórico en un Mundial. La voz popular pedía un cambio y el tiempo fue benévolo con sus pretensiones. Aquella fidelidad extrema personificada en el trapo de tres jóvenes desfachatados, auguró un futuro que no fue. Un presente que no para un segundo de objetar aquellas letras oscuras.

Si algún lapso irrisorio de tiempo hubiera sido la solución a tantas controversias, seguramente hoy Marcelo Bielsa sería como un inestable gráfico lineal. Tal vez las emociones, el entorno o los resultados no se crearon para ser sus aliados. Quizás su único socio siempre hayan sido sus convicciones.

Aquel pedazo de tela inadvertido en el 2002, podría haber habitado varias veces el alambrado del Estadio Monumental de Chile. Seguramente del otro lado de la cordillera algún momento estuvo repleto de “anti-Bielsas”  y hubo un par de jóvenes descarados con las mismas certezas, pero sin la creatividad de los argentinos. Allí tampoco nadie precisó darle la razón, sólo reinó la eficacia de su método y la fortaleza de su convencimiento.

Quién sabe cuántas veces hayan requerido la bandera del 2002 en territorio español. Sólo un puñado de partido lleva Bielsa en el Athletic de Bilbao y ya posee unos cuántos hinchas escépticos a su estilo particular. Los hinchas van mutando, a la par de los resultados. Mientras el conjunto vasco triunfe, como esta tarde ante el Atlético de Madrid, el resto poco importará. Porque para muchos la vida se valora en años y se mide en momentos exitosos.

Tal vez a esto se refería aquel trapo celeste y blanco, de letras negras. Probablemente ésa razón, la de resultados y discípulos, algún día aparecerá. Sin embargo el escrito hacía referencia a Marcelo Bielsa, uno de esos locos que refuta al propio tiempo. Que seguramente desee que nunca le dé la razón. 


martes, 25 de octubre de 2011

El fútbol y las exigencias de un público heterogéneo

Van al Colón, al teatro por excelencia. Ansían ver el mejor de los espectáculos. Sufrir con la dramaturgia, disfrutar de lo atractivo y analizar lo inexacto. Son hinchas del fútbol, son amantes del deporte más popular del mundo, son fanáticos, aunque, en realidad, se consideren espectadores. Respiran hondo y entibian la butaca de emociones. Saben exactamente lo que pretenden o, tal vez, tienen más claro lo que repudian. Le dicen inmoral, cagón, vergonzoso y hasta ilícito. Se llama defenderse. Para algunos, un trayecto transitable y hasta eficiente; para la mayoría, un espectáculo indecente.   

Un paradigma eterno asegura que la estética del fútbol se valora en pases, en lujos, en eficacia, en el renombrado fútbol champagne. Es evidente, a los espectadores  les atrae más disfrutar de sus protagonistas con la pelota en su poder que sin ella. Entonces, ¿un repliegue defensivo inmejorable no es parte del buen fútbol? Parece que no.

Partiendo de allí, de la certeza generalizada de que una defensa perfecta no entra en el agrado estético,  se abre un debate aún más impetuoso: ¿el juego es un espectáculo o un mero procedimiento hacia la victoria? Sólo unos pocos logran conjugar efectividad con belleza. Entre los que quedan, el universo diferencia a los que prefieren ganar como sea y los otros, los que basan sus fundamentos en la esencia y no en el resultado.

Ángel Cappa, acérrimo defensor de la estética del juego, ingresa a la discusión cada vez que alguien lo consulta:
-Ángel, ¿de qué sirve jugar lindo?
-¿Y de qué sirve ser feliz?- contesta el entrenador.
La sala queda en silencio por un par de segundos. La razón trabaja al máximo de sus posibilidades, todos se cuestionan si la belleza del juego tiene alguna relación con la felicidad.

Y el fútbol, así por así, se entromete en el debate de la vida. Entra la filosofía, entra Descartes, entra Kant. Sigue la discusión, entra la iglesia y los agnósticos. Entra la esencia, lo bello y lo inaceptable.

Algunos concurren al tablón ver a sus equipos ganar, mientras otros prefieran ir al anfiteatro, a contemplar el arte de jugar bien y, en el mejor de los casos, ver una escena repleta de dramaturgia.

lunes, 24 de octubre de 2011

El equipo alejado de las sorpresas



Estas cosas pasan, una vez cada muchos años, pasan. Todos miran con admiración, no entienden cómo, esa camiseta opaca y sin brillo, apabulla al poder  y lo destiñe de realidad. No comprenden que a veces lo devaluado puede superar al imperialismo, que alguna vez los sueños le ganan a lo manifiesto y la coherencia a la especulación. No son conscientes de que el fútbol se mide en poder, pero se valora en la esencia del juego. Estas cosas pasan y la denominan sorpresas, por más que exista un club como el Levante de España que se encargue todos los días de desmentir esa sentencia.

Hace casi seis semanas, el mundo hacía referencia a un duopolio descomunal que amenazaba con arrasarlo todo. Barcelona y Real Madrid, dueños de una coraza inquebrantable,  se dirimían en un imperialismo que nutría a la pelota de un sinfín de recursos que la obligaban a pertenecer a ese sistema particular. Ese sistema, para bien o para mal, no admitía terceros. Ese sistema promovía la exclusividad, pero también brindaba una colección de placeres diarios. Parecía difícil derrocarlo o, más aún, poder ingresar a ese círculo vicioso que tantas satisfacciones compartía.

El Levante rompió, entre otras cosas, esa coraza hegemónica. El Levante traicionó 102 años de historia y se colocó como líder de la liga española, en soledad, por primera vez en su dilatada existencia. Ese equipo humilde, de colores desconocidos y jugadores anónimos (tal vez en España no, en el resto del mundo sí), se entrometió en la mesa chica. La mesa que mantiene a los mismos dos comensales, a los blancos y a los blaugranas, repartiéndose campeonatos y subcampeonatos hace siete años.

En ocho fechas disputadas, ocho como invictos. En ocho fechas disputadas, seis victorias y tan sólo dos empates. En ocho fechas disputadas,  catorce goles a favor, tres en contra, eficacia, vertiginosidad y contención. Son los números del Levante, un líder sólido, cauto y discreto.

“Salir campeones no es nuestro objetivo”, asevera hasta el artazgo Juan Ignacio Martínez. También desconocido, uno más  entre tantos, el entrenador del  Levante se colocó en esta temporada por primera vez el buzo de director técnico de un equipo de primera división. “Lo primero que hice cuando llegué al banco del equipo fue ponerme a las órdenes de los jugadores, no molestar”. Como un hombre humilde que no se reconoce como quien en realidad es (el DT del conjunto puntero de la liga española), como un gran líder que pondera el equipo por sobre su propia figura, Martínez forma parte de una cultura sencilla pero adiestrada.

El torneo en el viejo continente inicia su novena fecha. La humildad se mantiene en lo más alto de la tabla. El Levante se regodea entre los frutos del trabajo metódico, en la plenitud que retribuye transitar el camino más largo. Estas cosas pasan y se dan una vez cada tantos años. Son menos previsibles que las propias sorpresas de las que todo el mundo habla.

martes, 18 de octubre de 2011

Algún día, fútbol…


Posiblemente todo pase. Posiblemente algún día la pelota se escape del escritorio y retorne al lugar que nunca debió abandonar. O tal vez mejor aún: la política y el fútbol construyan paredes infranqueables, las mismas que seguramente hubiera edificado la historia, si algún día hubiera juntado a Messi y a Maradona un mismo escenario, en un mismo segundo y por una misma causa. Pero la vida es malévola y el deporte, entre otras cosas, una colección de decepciones. Entonces, por ahora y solamente por ahora, el fútbol sigue siendo un albergue de corrupciones y, el juego, el dueño de todos los perjuicios. 

Si el mal fuera una célula y los investigadores reclamaran por un núcleo, seguramente mucha gente diría que son los dirigentes. Y si la investigación profundizara, posiblemente todos acaben en una misma conclusión: Julio Grondona. En tiempos donde las campañas en su contra pasaron a ser moneda corriente, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino atraviesa un período de temblores, posiblemente el más testarudo de los últimos 31 años.

Rumores, chicanas y pruebas. Un afán muy evidente por desterrarlo de la AFA. Denuncias e investigaciones. Contrapruebas. En el medio, una nueva elección de presidente para la máxima entidad del fútbol argentino. Un defectuoso intento de revolución. Y ¡bum!, otra explosión, cuando parecía que la inmunidad volvía a estar de su lado, apareció un video, una cámara oculta, que aumenta el desenfreno y multiplica la desconfianza. La grabación no incrimina, pero vuelve a exigir la intervención de la justicia. Quizá quienes filmaron hayan actuado por resentimiento, es probable.

“Cumplió su ciclo”, se escudan los “anti Grondona”. Si el fútbol marchara por el camino del progreso, ¿alguien se animaría a asegurar que 31 años al frente de una institución es dañino? No hay por qué. Entonces, lo que cumplió su ciclo es una manera de actuar, que viene caracterizando a la mayoría de los dirigentes del fútbol nacional hace unos cuantos años.

Flamea la bandera de la sospecha, cada vez más alta y visible. En pocas horas la AFA eligirá presidente, aunque todo parece indicar que en realidad reelegirá. Mientras la política avanza por un camino oscuro y nebuloso, el fútbol sufre. Y sufre. Y sufre. Sufre por un mal que parece nunca pasar.




viernes, 14 de octubre de 2011

El club de los distintos

Juguemos sin marcador, sin tiempo, sin gente. Juguemos sin árbitro, sin técnico y sin camiseta. Juguemos sin líneas y sin posiciones. Juguemos sin presión. Simplemente juguemos.

Bienvenido al club de los distintos. Pase que le describo nuestro sistema: este es el famoso club de los que  se olvidan del entorno contaminado y se dedican a jugar. Sea bienvenido, al lugar donde no existe la palabra perder. En realidad sí, existe, solamente una vez que el la pelota deja de rodar y la diversión cesa. Antes de eso, nadie piensa en perder. Nadie piensa en las consecuencias negativas ni en los reiterados temores. Solamente en la esencia, lo que verdaderamente hace al juego.

Acérquese que le presento a la comisión directiva y a los socios vitalicios. Allí al fondo, aquellos de naranja,  se unieron en la década del ’70. Le decían la Naranja Mecánica y siempre, sin excepciones, se entretenían en la desfachatez. Se cambiaban de lugar todo el tiempo, amaban el desorden y, sobre todo, amaban jugar.  Más atrás, aquellos cinco ancianos de buen porte, ingresaron al club en el año 57, los bautizaron como Los Carasucias de Lima. Corbatta, Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz, unos locos que creían que estaban en el potrero y en realidad estaban jugando una final sudamericana. Allá están los brasileros que entraron en el año 58 y, hasta hoy, siguen dando que hablar. Al lado, los de rojo y blanco, se llaman Estudiantes de La Plata. Es el único caso en que aceptamos a un padre y su hijo. Decían que si no iba a quedar afuera un pedazo de la historia y tenían razón.

 Como ve, la mesa es muy extensa, de a poco los va a ir conociendo a todos. Venga que le presento a los actuales presidentes. Son socios hace un par de décadas nada más, pero en los últimos tres años, cuando parecía que íbamos a desaparecer, portaron nuestra bandera como nadie y, por eso, hoy se merecen este lugar. Su nombre es Barcelona FC, nosotros los llamamos “los amigos”. Nunca  se separan, nunca dejan de lado a alguien del grupo y siempre andan hablando bien uno del otro. En fin, andan divirtiéndose de acá para allá, como si en la vida no tuvieran problemas que resolver. Parece que los resuelven a su manera.
Independiente de Avellaneda, ése que hace unos años exige memoria por su esencia y sufre la renuncia a sus raíces, conoció anoche las instalaciones del club más prestigioso del mundo. No las conoció por ganar (quedó eliminado en octavos de final de la Copa Sudamericana), tampoco por ser un terraplén de virtudes.  Conoció al grupo más selecto del fútbol por haberse olvidado del marcador, por haber dejado de lado las infinitas presiones y por salir simplemente a hacer goles, como alguna vez todos los concurrentes al potrero acostumbraron.

Es lógico, el equipo de Avellaneda estaba obligado a ganar por más de dos goles. Se olvidó del entorno, de la historia y de la situación. Pareció un cuadro despreocupado, pareció un partido del barrio, en el que daba lo mismo perder por uno o por diez, lo importante era embocarla en el arco rival.

La llave a ese ambiente paradisíaco, donde todo es diversión, donde jugar es un designio,  el Rojo la encontró en el fracaso. Cuánta ironía. Ojalá Independiente tenga la capacidad para darse cuenta que perder no es fracasar. Que jugar y ganar pueden ser sinónimos. Que ser feliz es triunfar y pertenecer al club de los distintos un sueño alcanzable.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cita eliminatoria, un mundo de sensaciones

Fin de semana de fútbol, de esperanzas, de aplausos. Inicio de semana gris, contradictorio, peligroso. Las dos caras de un equipo considerado por nombres y menospreciado en funcionamiento.

Viernes a la noche, día de estrenos. Se estrenó un entrenador, un 4-4-2, un nuevo proceso hacia un Mundial y, sobre todo, una atestada ilusión. Fue un inicio excitante: golear, ganar, gustar. Poca gente, mucha agua, un temeroso Chile. Todo nuevo, aunque haya parecido viejo y conocido. Fue un 4 a 1 encandilador. Como es costumbre, fascinados por el resultado y por algunos destellos de buen juego, los analistas del fútbol vieron todo color celeste, blanco y brilloso.

Continuidad de la jornada: martes agobiante en Puerto La Cruz. Calor y cambio de sistema. Un 3-2-3-2 (3-5-2) repleto de proyectos, pero carente de certezas. Errores conceptuales y el gol. La pelota parada, una de las virtudes manifiestas de los venezolanos. Luego las confusiones, en el estilo y en el sistema. Y lo de siempre. Los que hace cuatro días celebraban el inicio de una nueva era, hoy critican, se irritan y destrozan. Sin argumentos, aunque sobren.

¿Tanta diferencia existe entre un rival y otro? ¿Cuánto influye la localía? ¿Y el calor exasperante? Todos factores considerables, pero secundarios. El fútbol no es una ciencia exacta, pero siempre deja argumentos clarificadores. Chile y Venezuela no presentan grandes diferencias en cuanto a prestigio, pero sí en sus estilos de juego. Eso fue fundamental en la actuación argentina.

Frente a los trasandinos, Sabella plantó a un equipo velocista que manejó el contragolpe a la perfección, utilizó las tres calles de ataque y usufructuó del estilo chileno (jugar en cualquier sector y buscar siempre el protagonismo). Presión, intercepciones cercanas al arco de Bravo y eficacia. Los goles fueron los frutos de una propuesta correcta y, a la vista, de un error de Claudio Borghi: difícilmente se pueda conjugar eficazmente la idea de tres defensores y tres mediocampistas.

Los venezolanos, en cambio, fueron congruentes con la historia y salieron con el propósito de un repliegue total. Con dos puntas inteligentes que dejaban al descubierto a una línea de tres poco trabajada, que carecía de relevos y evidenciaba reiterados desajustes. Sin embargo, Argentina escaseó de todo tipo de recursos para mantener la posesión (movilidad, precisión en los pases, cultura del juego asociado) y un 1 a 0 barato ubicó a Venezuela por encima de los albicelestes en el marcador, por primera vez en la historia.

Del desenfreno a la decepción. Del amor al odio. De la virtud a la torpeza. La Argentina sube y baja, como una hamaca que nunca termina de estabilizarse. Como una planta que todavía se adapta a las fuertes correntadas. Como un seleccionado que aún no sabe a qué aspirar.   

El hombre salido de un cuento


Una sombra flota en la oscuridad del hotel. El amanecer todavía se hace esperar en Bilbao. Un anciano desvelado alucina: el mito, el que está en boca de todos hace varias semanas, le pasa por al lado como un discreto huésped del complejo Las Arenas. Sin embargo, a esas horas todavía tiene puesto el traje de legendario. El disfraz del personaje que duerme seis horas, estudia unas diez, camina quince cuadras todos los días hasta el entrenamiento matutino y se pasea por los pasillos del hotel durante las noches.

El Sol se asoma en la ciudad más habitada del país Vasco. El mito se vuelve realidad. El hombre desayuna como si se tratara del último de sus días. Recibe una decena de tortas diarias. Sus devotos conocen sus gustos y lo agasajan. El señor de 56 años agradece con gestos  salidos de una fábula. Como aquella vez en que se apareció en una repostería chilena y, ante la presencia de una cocinera regalona, abrió una hoja de papel y comenzó a recitar: “No puedo más que agradecerle su gusto por mis gustos. Mi alma y mi mente lo disfrutan intensamente. No así mi esbelta figura (…)”.

El hombre y el mito se alternan en cuestión de segundos. Cuando llega al campo de entrenamiento, rebosa la cancha de estacas, conos y cintas y comienza a dar cátedras: “es como ir a la universidad”, recalcan sus dirigidos. Allí aparece el entrenador, el estudioso, el hombre recio que convive con la perfección. Distinto a todos, las prácticas solamente suscitan auténticas situaciones de partidos. “¿De qué sirve el fútbol reducido? ¿En qué momento del partido vamos a tener los límites a diez metros y los arcos chiquitos? ¡Eso no da ningún resultado!”.

Tan claro y tan distante, con quienes no conoce. Trata a toda la humanidad de usted, con excepción de su familia y sus mejores amigos. Cuando el hombre toma confianza, el mito queda relegado por la realidad de un tipo carismático, chistoso y descarado. La leyenda vuelve a aparecer cuando se presenta ante la prensa. Allí se muestra prevenido, nunca falla a la verdad,  tampoco se sale de lo planificado. Nunca mira a los ojos a un periodista, siempre en un ángulo que simule hacerlo. 

Entre el cuento y la realidad, está su ética. Es un antisistema que pertenece al sistema. Nunca, sin excepciones, traiciona sus principios. Siempre sale a combatir la mediocridad con trabajo y la hipocresía con fundamentos. Está en contra de los que enaltecen su manera de ser: no me gusta que me elogien por mi honestidad, porque es, para mí, un valor inherente, pero, al mismo tiempo, parece que yo valgo solo por ser honesto.  Trabajo y hago una gran cantidad de cosas más allá de mi honestidad”.

Allí está, es él. Marcelo Bielsa. Si fuera ese mágico personaje de leyenda que por momentos simula, seguramente sería el justiciero, el que va contra la corriente por el camino más largo y engorroso. Pero no. Mientras la humanidad amenaza con extinguirlos, todavía existen locos así, salidos de la vida real 

lunes, 3 de octubre de 2011

Racing y su presente exasperan a los hinchas del fútbol

Insistentes, casi de memoria, los entrenadores de la vieja escuela aseguran una y otra vez que el rendimiento de un equipo depende de la calidad de los jugadores. Cappa, Basile y otros tantos hacen de su hipótesis una reiterada realidad. A veces funciona y  otras tantas no. Sin embargo su discurso no varía.

Si la teoría de esta vieja camada de directores técnicos fuera compatible con este Racing versión 2011, estaríamos deduciendo que los jugadores están eligiendo jugar mal. Por supuesto, ilógico en un presente repleto de presiones.  Entonces, ¿Cuál es la realidad de este equipo rebasado de futbolistas de calidad? ¿Falta trabajo o simplemente han elegido estar exentos de la pelota?

El presente de Racing ha rebasado la cotidianeidad nacional. Acostumbrados al “ganar como sea”, los hinchas argentinos suelen reclamar solamente los tres puntos. La Academia se convirtió en una excepción. Son conscientes del prestigio de sus jugadores y pretenden un poco más que acabar más arriba en el marcador que su rival de turno.

Por eso este presente oscuro. Por eso y no por resultados, se les exige a los hombres de celeste y blanco algo más. Ése algo más se traduce en juego, en mantener la posesión y soslayar el ataque directo. Se traduce en jugar al ras del piso y evitar el repliegue total. Por eso y no por resultados la gente sale con caras arrugadas del Cilindro de Avellaneda.

Moreno, Hauche, Toranzo, Gutiérrez, Luguercio, Licht. Superávit de jugadores de buen pie que, hasta ahora, están atestados de déficits como equipo. La teoría de la vieja escuela de entrenadores queda notoriamente relegada. Entonces, ¿Diego Simeone pretende el estilo de juego que está transmitiendo? En la cancha se exhibe un modelo de juego amarrete pero trabajado. Lo que demuestra a las claras las intenciones del DT.

Alguna vez José Mourinho recalcó: “Es esencial conocer la historia del club para ensayar una manera de jugar”. El actual entrenador del Madrid quería remarcar que el estilo de juego está totalmente ligado al pasado del club. Seguramente por eso la gente sale del estadio con caras de desconcierto. Por nombres, por el club que representa, los hinchas del fútbol le exigen a Diego Simeone algo más. Seguramente ése algo más signifique  interpretar la historia rancinguista.   

martes, 27 de septiembre de 2011

Mourinho, los motivos de un entrenador distinto

¿Por qué tanta diferencia entre unos y otros? ¿Por qué, con los mismos jugadores, algunos tienen éxito y otros fracasan? Rachas, inspiración, motivación, suerte, etcétera, etcétera. El fútbol da lugar a mil teorías, sin embargo ellos, los distintos, se aferran siempre a la misma. La denominan trabajo, aunque, si fuera tan sencillo, existiría un millar de entrenadores dispuestos a triunfar sacrificando su sudor. Se requiere un poco más que eso. Con José Mourinho como inspiración y con esa manía incansable por explorar más allá de lo habitual, cuatro jóvenes españoles escribieron el libro “Mourinho, ¿Por qué tantas victorias?”. Si bien la respuesta se presenta en unas 177 hojas, trataremos de argumentarla en unas cuantas líneas menos.

“Se juega como se entrena”, sentencia la primera página del atrapante tomo. Lógica pura. Los mejores equipos del mundo entrenan diferente al resto. Allí está la primera clave, los entrenadores distintos puede que trabajen un poco más que los demás, sin embargo, el secreto está en que trabajan distinto a los demás.

Es una escalera hacia la consolidación de un equipo. El primer paso, indudable, establecer un estilo de juego, saber de qué manera se pretende jugar. Claro, el primer escalón es fácil de superar. Ya lo hizo Sergio Batista asegurando que quería jugar como el Barcelona. Sin embargo, todos quedan allí, donde el discurso es protagonista y el hecho un mero espectador.

El segundo paso parece ser la fórmula que todos miran, pero que muy pocos son capaces de ver. Se trata de subordinar la metodología de entrenamiento a la forma de jugar que se pretende. Desde este escenario, queda más que claro que el entrenamiento nace desde el juego y para el juego, algo tan evidente como inexistente en la mayoría de los clubes. Allí está la diferencia de los grandes directores técnicos. Ellos no hacen nada porque sí. Es decir, no entrenan el uno versus uno si no quieren que en su modelo de juego se emplee ése recurso. Entonces, en la simpleza del método de entrenamiento se exhibe la complejidad de los mejores equipos.

“Hoy, en Argentina, no hay ningún equipo que amolde su manera de trabajar a su forma de jugar”, aseguró un ex delantero, próximamente técnico argentino. Teniendo claro ese concepto y observando el método de trabajo de los mejores entrenadores del mundo será difícil que fracase.

¿Por qué tantas victorias? Se cuestiona la tapa del libro que alude a José Mourinho. Después de una leída exhaustiva queda más que manifiesto: el portugués trabaja absolutamente todo lo que pretende hacer en el partido. Los jugadores del Real Madrid no van al gimnasio. La fuerza se "contextualiza" con una situación propia de un partido a diferencia de un trabajo en el gimnasio con press de piernas de 100 kilos. No hay pasadas, ni trabajos físicos sin pelota. Todos los ejercicios tienen un argumento en su modelo de juego y eso, a él y a otros pocos, los hace diferentes del resto.



lunes, 26 de septiembre de 2011

El fútbol y una discusión cotidiana

Eterno, como el deporte, el debate cruza los límites habituales. Los antagonismos se acrecientan a medida que el tiempo pasa. Los argumentos que para algunos se presentan como certeros, para otros son totalmente absurdos. Paridad y calidad. Para algunos funcionan como sinónimos, para otros no tienen vínculo alguno. Por eso es tan lindo el fútbol, porque te une y te desune en cuestión de minutos, porque te enfrenta con Dios y te asocia con el diablo, porque te abre la puerta y te dice analizá.

El fútbol argentino cambia todo el tiempo, como el viento. Los que ayer gozaban de los beneficios de buenos resultados hoy sufren, temerosos ante la tabla de abajo. Banfield, Argentinos Juniors y Estudiantes. Denominador común del ayer: campeones de los últimos tres años en el fútbol argentino. Denominador común del hoy: se codean en los tres últimos lugares del torneo argentino. “Eso es muy bueno”, garantiza un avezado periodista,  deduciendo que si el fútbol cambia hay paridad y, si hay paridad, hay calidad. 

Discutible. Si la paridad sería sinónimo de buen espectáculo, entonces, un 0 a 0 adormecedor, sería sinónimo de buen fútbol. La teoría dura lo que un estornudo, pero deja mil hectáreas de campo a la argumentación.

La cuestión está en confundir los atractivos. Un torneo puede ser fascinante por paridad o por juego, pero no funcionan como sinónimos. España y Argentina son claros ejemplos opuestos. Un torneo competitivo y, en muchos momentos, de poco nivel. El otro torneo tendencioso y con dos claros aspirantes al título, pero atrayente por donde se lo mire, por su nivel superlativo.

La Argentina se emociona, sufre y sonríe al unísono con las acciones en el verde césped. Promedios, copas o el título, todos, sin excepciones, siempre juegan por algo. La tabla se invierte como el globo terráqueo y nadie está exento de caer a lo más profundo. Por eso es tan apasionante. Por eso hay récords de audiencia y de concurrencia a los estadios. Por eso es uno de los mejores torneos del mundo. Por eso y no por el juego. Así como masividad no es sinónimo de prestigio, paridad no es sinónimo de buen juego. Hoy, mañana y siempre.

lunes, 19 de septiembre de 2011

La escuela que rebasa de carencias

Críticos de nuestro fútbol (me incluyo), paremos la pelota. Dejemos de criticar, por un rato, la estereotipada cultura cortoplacista y resultadista argentina. Tratemos de quitarnos los lentes y miremos por un segundo con binoculares.  Estamos  amoldados a un paradigma tan evidente como certero: los entrenadores duran poco por la manera de ser de los hinchas. Eso es una consecuencia y no la verdadera causa. Más allá de los jugadores, de los fanáticos, de los dirigentes y de los resultados, ¿Cómo se capacitan los entrenadores? Determinante para diferenciar nuestro juego del europeo. Crucial para entender los motivos de tanta negación.

Ni mejores ni peores, solamente diferentes. Está claro, en cualquier oficio de la vida, las personas que más se instruyan tendrán más herramientas a la hora de actuar.  En la Argentina, hace ya un tiempo prolongado, para poder ocupar el cargo de DT hay que hacer la carrera oficial de entrenador. Son dos años de curso. Básico. Posiblemente cualquier jugador se considere con más recursos para oficiar de técnico por su experiencia en un campo de juego que por estudiar esos 24 meses. En el primer año, se profundiza en los juveniles y en el segundo en cuestiones de equipos profesionales. Déficit absoluto, en todos los aspectos. Sin embargo, la mayor parte de los técnicos prefiere subirse al tren de la aventura -prueba y error- y no continuar con su proceso de aprendizaje.

“El fútbol no es una ciencia tan complicada. Hay que hacer más goles que el otro y punto”, aseguran algunos, esquivando cientos de factores. Coaching, liderazgo, cursos en el exterior, observar a los mejores, escucharlos. Hay millares de maneras de enriquecerse y crecer en el oficio, aunque algunos consideren al curso de entrenador en Argentina como la conclusión de su desarrollo como aprendiz.


Hace casi dos meses hubo una clínica de entrenadores en España, posiblemente la más importante del año. Disertaban Guardiola, Del Bosque y Villas Boas, entre los más populares. Sólo dos técnicos argentinos estuvieron presentes. Ninguno pertenecía a equipos afiliados a AFA. Es evidente, la gran mayoría prefiere la prueba y error. Posiblemente su paradigma no los deje darse cuenta de los desaciertos que se evitan.

“Sé que si pierdo cinco partidos consecutivos me echan en cualquier lado, acá y en el Barcelona”, manifestó un desconocido futuro entrenador, al que muchos conocen como un delantero recio. “Sin embargo, agotaré todos los recursos para dar el máximo en esos cinco partidos que tengo de margen”. Nada nuevo bajo el sol para quienes conocen a Facundo Sava. Por su apariencia, un delantero regular. Por su realidad, un infinito estudioso dispuesto a tomar otro camino. Nuevamente, ni mejor ni peor. Haberle dicho que no a media decena de propuestas de equipos argentinos para terminar de hacer sus cursos de liderazgo y psicología deportiva ya lo pinta como un distinto. Haberse ido a Europa a observar como era el método de trabajo de los mejores equipos del mundo lo perfila como un antagónico a lo habitual. Y, ocupar toda su carrera instruyéndose con inteligencia para lo que va a venir, lo decreta como un eminente.

El Porto en el mundo, Lanús en menor escala, hacen escuela de entrenadores que van escalando niveles hasta desembocar en primera división. Mourinho, Villas Boas, Domingo Paciencias.  Zubeldía y Schurrer, por ahora, de la cantera Granate.

Menos visible, pero no menos importante. Los directores técnicos, como los jugadores, también deben hacer escuela. Capacitarse. De la misma manera en la que alguna vez la mayoría de los argentinos pateó la pelota contra la pared para progresar y así llegar a primera. El técnico no debería ser sinónimo de ex jugador. Tampoco de experiencia. Pero lo es. Y hoy hablamos de cortoplacismo y exigimos resultados. Lejos estamos de exigir entrenadores capaces.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Un loco que lleva tiempo entender


Paciencia. El deporte más popular del mundo no para un segundo de exigir. Exige trabajo, exige buen juego. En realidad, no. Todo se vuelve secundario cuando el torbellino de los resultados deja saldo negativo. Allí, sin argumentos razonables que acompañen, la crítica pasa a ser la máxima protagonista.

Recio, Inexpugnable, loco. Su apodo bien lo indica, Marcelo Bielsa va contra toda la corriente: “Denle este mensaje a la gente, a los ignorantes díganle: el que pierde es un inútil porque así está planteado”. Que no se mal interprete, su argumento no intenta reprobar la valía que otorga un resultado positivo. Sólo pretende entender el juego, el trabajo y el marcador final como una realidad integral: “no veo por qué se deba jugar bien para perder. Son dos situaciones que no funcionan de manera autónoma”.

Un empate como local ante el Trabszonspor por el repechaje de la Europa League, un 1 a 1 frente al Rayo Vallecano en la primera presentación de la Liga y una caída frente al Espanyol, como visitante, impulsaron a las críticas desmedidas. Allí está Bielsa, intentando explicarle a los españoles un idioma que pocas veces escucharon en sus vidas. Tratando de que entiendan que para él, clasificarse sin jugar (como le pasó en la Europa League), es una decepción y no una alegría.

Sus ideales se bambolean ante la difícil realidad de interactuar con quienes no lo conocen. Allí reside un problema fundamental: su personalidad, su método y su estilo llevan tiempo de asimilar. En Newell’s, por más que lo conocían de las divisiones inferiores, comenzó en la Copa Libertadores con un 0-6 ante San Lorenzo, en el mismo torneo que culminó en la final perdiendo por penales frente al San Pablo.  En Vélez, con la reticencia de referentes como José Luís Chilavert, que comenzó con engorrosas disputas y terminó con Vélez campeón y un loco (Chilavert) muy amigo de otro loco (Bielsa). En la Selección Argentina estuvo plagado de resistencias, inclusive la del titular de la AFA Julio Grondona, quien después terminaría avalando su trabajo y pidiéndole que continuara.

Mientras tanto, mientras sus ideas flamean ante el recelo de millares de fanáticos, Bielsa trabaja. Los resultados por ahora no acompañan, era una posibilidad. También era predecible el rechazo de mucha gente y de la mayor parte de la prensa local. Son algunas de las escasas realidades sobre las cuales no tiene ningún tipo de influencia.

Alguna vez un hincha argentino le dedicó en una bandera una frase más que elocuente: “Un hombre con ideas nuevas es un loco hasta que sus ideas triunfan”. Alguna vez, en Sudamérica, sus ideas fueron nuevas. En Europa deberá pasar por el mismo proceso. Hoy son nuevas, mañana seguramente triunfarán. Paciencia.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La misma disputa de siempre, con un final diferente



Partido eterno. Ganan ellos, los poderosos, hace ya unos cuantos años. Tienen bien clara su identidad: “ganar como sea”. Apretadas, conveniencias, muertes, todo sirve si al final de la jornada vuelven a salir victoriosos, como siempre. Del otro lado, está el fútbol, en este caso, habitué de las derrotas. Sin embargo, a veces la vida se apiada de los menos poderosos y le concede esa victoria que vale más que las mil decepciones.

Pasa el tiempo y las barras bravas continúan en la primera plana del diario deportivo. Le ganan al juego por goleada. Lo vencen y lo dejan debilitado. Porque esto lo perjudica. Esa mano negra de la que todos hablan pero muy pocos conocen su nombre y apellido, tiene total influencia dentro de la cancha. Influye en los entrenadores, los que siguen y los que se van. Influyen las presiones hacia los jugadores, siempre, sin excepciones, carente de toda lógica. Y también influye en la esencia del juego, que a veces renuncia a sus ideales y demuestra incongruencias graves que, siempre, benefician a quien tiene más poder.  

Ayer, el partido continuó en cancha de Independiente. El fútbol parecía volver a ser vapuleado por un conjunto de enérgicos muchachos escasos de ética. Como la semana pasada, el mes pasado y el año pasado, otra vez ellos como máximos protagonistas. Otra vez el  juego en un relegado segundo plano y sufriendo, claramente, serios deterioros. Pero no.

Ayer el estadio de Avellaneda fue escenario de una tradicional trama de película de acción: cuando “el bueno” parece acabado, se presente un segundo súper héroe dispuesto a luchar hasta el final por una causa honesta. Hace poco un reconocido entrenador recién iniciado garantizó: “la revolución empieza por el hincha común”. Le hicieron caso. Ése súper héroe anónimo es el verdadero hincha. El que no tiene conveniencias. El que se enoja cuando no se siente identificado con su equipo o cuando sus dirigentes perjudican a sus colores.

Independiente 2 – San Martin de San Juan 1. No ganó el fútbol, pero hubo un tercer personaje dispuesto a oficiar de salvador. Lo logró. Ayer ganó la gente, ganó el hincha común.


martes, 6 de septiembre de 2011

Messi y el país de los distintos

Los argentinos somos distintos a todos, lo demostramos todos los días, en la vida y en el fútbol. Como hablar de la vida sería un terraplén filosófico que no estoy dispuesto a afrontar, me limito a hablar de fútbol, donde la coherencia, por momentos, se ve agobiada por un sinfín de contradicciones que amenazan con destruirlo todo. Aquí, dónde el deporte más popular del mundo es apabullado por los paradójicos analistas -o eso creen ellos-, concebimos a Lionel Messi. No nos importa que sea una pieza fundamental del mejor equipo de todos los tiempos, tampoco que pasme al mundo entero con esos regates que parecen físicamente imposibles. Acá lo vapuleamos como si fuera el máximo responsable de este deterioro crónico.

Por inercia o porque las antiguas tradiciones así lo disponen, consideramos antipatria a quien no canta el himno. No importa que sus cualidades disimulen, por momentos, nuestras falencias graves, tampoco tiene validez que sea considerado uno de los mejores de la historia. Si no canta el himno está condenado a formar parte de los traidores. En este contexto, tolerando un considerable grupo de insólitos que se atreven a criticarlo, Messi se calza la celeste y blanca. Es decir que, sin siquiera tocar una pelota, ya forma parte de las críticas.

Suena el silbato y los antagonismos con lo que le sucede a Lio del otro lado del charco empiezan a pronunciarse. Se sabe, querer parecerse al Barcelona es aún más difícil que intentar ganarle. Sin embargo, la Argentina no sólo que no se parece en lo más mínimo, sino que demuestra varias actitudes propias del polo opuesto.

El Barça de Messi juega, se divierte, disfruta. La Argentina de Leo sufre las presiones, carece de todo sentido del juego y se decepciona regularmente. En el Barça forma parte de un grupo de amigos que prevalecen el todo, por encima de cualquier estrella. En la selección le demuestran cada vez que pueden su etiqueta de astro, por encima del resto. Acá le reclaman que “ponga huevos”, como si él no fuera consciente de cuál es el camino hacia el éxito. Allá no pone huevos y, sin embargo, está colmado de títulos, hace más goles que un goleador y disfruta de los elogios de todos (madrilistas y barcelonistas). Posiblemente los que le exigen “huevos”, pretendan intensidad, presión constante y señales de juego asociado. Posiblemente ellos no sepan que el Barcelona subordinó su metodología de entrenamiento a la forma de jugar que hoy los conserva en la cumbre.  

Entonces así, adorado por todos, repudiado por nosotros, la selección sufre la presencia de semejante ídolo mundial. La sufre y no la sabe utilizar. Mientras la coherencia reclama duplicar esfuerzos para proporcionarle al mejor jugador del mundo un equipo a su nivel, la realidad muestra a un seleccionado que ve en una estrella la absoluta salvación. Pero no. Para nosotros Lionel Messi es un antipatria, un definitivo fanfarrón que viene a defender los colores por obligación. Tal vez aquí no juega como en el Barcelona porque no hay el mismo dinero en juego. Probablemente la humanidad está equivocada. Nosotros, nunca.